Esperé 5 horas en el aeropuerto porque mi hermano había prometido recogerme. Cuando por fin llamó desde una fiesta, soltó: “Perdón, se me olvidó por completo”. Reservé un hotel y nunca volví a vivir con él. Tardó 10 días en notar que me había mudado, y solo porque quería saber quién pagaría las cuentas. Meses después descubrí 3 avisos de impuestos que había ignorado en la casa que papá nos dejó… y esta vez no pagué para salvarlo: llamé a un abogado.
Travis dejó crecer la hierba. Las canaletas se taparon y una lluvia provocó filtraciones. El sistema de calefacción falló porque nadie había cambiado los filtros.
Me llamó para preguntarme cómo arreglarlo.
—Busca un tutorial —respondí—. Así aprendí yo.
Britney terminó mudándose oficialmente con él.
Durante una reunión familiar por el Día de Acción de Gracias, Travis actuó como si nada hubiera sucedido.
Britney me preguntó cómo soportaba vivir solo.
—Bastante bien —contesté.
Esa noche fui a casa de Claire. Preparamos hotcakes y disfruté una tranquilidad que jamás había encontrado en aquella mesa familiar.
En enero asumí mi nuevo puesto y viajé a Guadalajara para supervisar un proyecto.
Por primera vez sentía que estaba construyendo algo propio.
Pero en febrero recibí una llamada inesperada.
El hombre se presentó como Ben, amigo de Travis.
—Tu hermano está pasando por problemas económicos —dijo—. Me pidió que te llamara porque asegura que no contestas sus llamadas.
Eso era mentira.
Desde noviembre, Travis apenas me había escrito para pedirme la contraseña de Netflix y desearme feliz Navidad un día tarde.
—¿Qué clase de problemas? —pregunté.
Ben vaciló.
—Los impuestos de la casa.
Me explicó que Travis llevaba meses ignorando los avisos del predial y otros cargos pendientes relacionados con la propiedad.
Habían llegado 3 notificaciones.
Con los recargos, la cantidad rondaba los $4,200 dólares y existía una fecha límite, el 15 de marzo, antes de que pudieran iniciarse medidas legales de cobro.
Travis ni siquiera había abierto la correspondencia.
Colgué y permanecí sentado frente a la mesa de mi cocina.
La mitad de esa casa seguía siendo mía.
No podía permitir que nuestro patrimonio terminara comprometido por su irresponsabilidad.
Pero tampoco quería volver a salvarlo.
Llamé a Patrick Cullen, un abogado inmobiliario recomendado por la esposa de Connor.
Le expliqué la situación y mi intención de terminar con la copropiedad.
—Podemos promover judicialmente la división de la cosa común —explicó—. Si la propiedad no puede dividirse físicamente y tu hermano no compra tu parte, podemos solicitar su venta y el reparto correspondiente.
—¿Cuánto vale aproximadamente?
—Entre $260,000 y $270,000 dólares, según las referencias de mercado. Necesitaremos un avalúo formal. Tu mitad rondaría los $130,000 antes de gastos.
Me quedé mirando los documentos.
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Durante años había mantenido aquella casa mientras Travis disfrutaba de ella.
Ahora existía una manera de salir definitivamente.
—Proceda, licenciado.
Pero antes de que mi hermano recibiera cualquier notificación judicial, decidí visitar a nuestra madre.
Llevé café, una carpeta y una hoja de cálculo.
En ella aparecían todos los pagos que había realizado durante 2 años: electricidad, agua, gas, alimentos, reparaciones y mantenimiento.