—Porque sabía que un vestido hecho con amor podía ser mucho más especial.
Sofía sonrió y se colocó la pulsera.
—Quiero usar este siempre.
Al regresar al comedor, mi padre seguía junto a la carpeta.
Vanessa fue la primera en vernos.
—¿Qué trae en la mano?
—Un regalo de su mamá —respondí.
Mi abuela señaló el vestido.
—Y quiero que todos sepan algo.
Ese vestido que tanto les hizo reír fue cosido por Mariana antes de morir.
Mi madre se llevó una mano a la boca.
Vanessa miró a Sofía.
Por primera vez no tuvo ninguna respuesta preparada.
—Yo no sabía… —murmuró.
—No necesitabas saberlo para tratarla con respeto —contesté.
Mi hermana bajó los ojos.
Mi padre se acercó.
—Daniel, tenemos que arreglar esto.
—¿Qué quieres arreglar? ¿Lo que hiciste con mis planos, las mentiras sobre Mariana o la manera en que trataron a Sofía?
No respondió.
—Necesito tiempo para decidir qué relación quiero tener con ustedes.
Y mientras tanto, no volverán a usar a mi hija para burlarse de mí.
Tomé la mano de Sofía.
—Nos vamos a casa.
Mi abuela nos acompañó hasta la puerta.
Antes de despedirnos, me abrazó.
—Perdóname por haber guardado silencio tantos años.
—No puedo decirte que todo está bien, abuela.
—Lo entiendo.
Miré a Sofía, que jugaba con su pequeña corona.
—Pero quiero que sigas formando parte de su vida.
Mi abuela lloró.
Tres meses después me reuní con los abogados y administradores del patrimonio de Mariana.
Por primera vez entendí la dimensión de lo que había construido.
Sus patentes habían generado ganancias importantes durante años.
Además, ella había destinado parte de sus ingresos a becas para estudiantes de ingeniería, equipos médicos para clínicas rurales y apoyos de emergencia para familias con dificultades económicas.
Había creado incluso un programa para jóvenes inventores que no podían financiar sus proyectos.
Cuando me entregaron los documentos, reconocí el nombre.
Fondo Daniel Torres de Innovación Médica.
Mariana lo había creado 9 años antes.
Me quedé mirando la hoja.
Mi esposa había pasado años ayudando a personas que enfrentaban las mismas dificultades que yo había vivido.
Nunca quiso que me sintiera en deuda con ella.
Al salir de aquella reunión, regresé a casa.
Encontré a Sofía sentada a la mesa, dibujando con sus colores.
Había pintado un edificio grande, con ventanas y una cruz roja en la entrada.
—¿Qué estás haciendo, princesa?
—Un hospital.
—¿Y por qué un hospital?
—Porque mamá ayudaba a los hospitales.
Quiero que los niños enfermos también tengan doctores, aunque sus papás no tengan dinero.
Me senté a su lado.
Mi hija todavía no entendía lo que significaba tener participaciones en una empresa.
Pero había comprendido algo que muchos adultos de mi familia jamás habían aprendido.
El dinero podía utilizarse para cuidar de otras personas.
Le pedí un color azul.
Y juntos terminamos aquel dibujo.
Durante los meses siguientes, mi padre me envió 4 cartas.
En una reconoció que había utilizado mis planos sin autorización y que había mentido sobre la propuesta de mi abuela.
Mi madre también escribió una disculpa.
