El esposo de mi hija quería obligar a mi nieta a llamarlo “papá” delante de todos. Cuando ella se negó, la abandonó en una carretera helada. Mi hija me escribió: “Ahora es tu problema”. La abrigué y la llevé al lugar donde él preparaba su gran anuncio. Al entrar, todos se levantaron y mi nieta preguntó por qué. Yo permanecí tranquila: tenía pruebas de veintitrés operaciones que él había mantenido en secreto.
“Ricardo me contó lo que pasó. Que se quede contigo. Ya no quiero problemas. Ahora es tu responsabilidad”.
Teresa sintió que la sangre se le helaba.
Su propio yerno había abandonado a una niña en una carretera peligrosa, y su hija acababa de renunciar a ella con un simple mensaje.
Sin embargo, Adriana todavía ignoraba algo: aquella noche su madre iba a descubrir un secreto capaz de destruir el matrimonio que tanto se empeñaba en proteger.
Y cuando ese secreto saliera a la luz, nadie volvería a mirar a Ricardo de la misma manera.
PARTE 2
Teresa encontró a Lucía casi una hora después, encogida detrás de un anuncio publicitario.
La niña tenía los labios pálidos, las orejas enrojecidas y las manos tan frías que apenas podía mover los dedos.
Cuando reconoció la camioneta de su abuela, intentó correr, pero las piernas le fallaron.
—¡Abuelita!
Teresa bajó inmediatamente, se quitó su abrigo color vino y envolvió a la pequeña.
—Ya estoy aquí, mi amor. Ya estás conmigo.
—Perdón por llamarte. Sé que hoy tienes una reunión importante.
Aquellas palabras le dolieron más que cualquier insulto.
—Lucía, escúchame. Nunca vuelvas a pedirme perdón por necesitarme.
Dentro del vehículo, mientras la calefacción comenzaba a devolverle sensibilidad a los dedos, Lucía vio el mensaje de su madre en la pantalla.
Lo leyó en silencio.
—Entonces… ¿de verdad ya no me quiere en su casa?
Teresa la abrazó.
—No sé qué está pensando tu mamá. Pero sí sé algo: tú nunca has sido una carga para mí.
Antes de abandonar la carretera, Teresa llamó a emergencias y explicó dónde, cuándo y quién había dejado a la menor sin protección. Solicitó que los policías acudieran también a la fábrica.
Después telefoneó a Julián, su antiguo compañero y vicepresidente del consejo.
—Necesito que retrases la asamblea.
—Teresa, Ricardo está furioso. Los inversionistas ya llegaron.
—Que esperen. Lucía está conmigo. Ricardo la dejó abandonada en la carretera.
Al otro lado hubo un silencio.
—Entra por la puerta del taller. Yo te espero.
Cuando llegaron, Julián las condujo directamente al consultorio de primeros auxilios de la fábrica.
Daniel, el encargado de atención médica, examinó a Lucía y registró los signos de enfriamiento y las lesiones superficiales provocadas por el frío. Recomendó una valoración hospitalaria y dejó constancia escrita de lo ocurrido.
Mientras aguardaban a los policías, las trabajadoras del taller de pintura llevaron chocolate caliente, una cobija y unas botas enormes.
—Pareces una astronauta —bromeó Lucía al mirarse los pies.
—Pues serás la astronauta mejor abrigada de Puebla —respondió doña Ofelia.