El esposo de mi hija quería obligar a mi nieta a llamarlo “papá” delante de todos. Cuando ella se negó, la abandonó en una carretera helada. Mi hija me escribió: “Ahora es tu problema”. La abrigué y la llevé al lugar donde él preparaba su gran anuncio. Al entrar, todos se levantaron y mi nieta preguntó por qué. Yo permanecí tranquila: tenía pruebas de veintitrés operaciones que él había mantenido en secreto.
Aquella fábrica no pertenecía a una sola familia. Pertenecía a quienes habían pasado la vida soplando vidrio, pintando esferas y empacando adornos.
Tres años atrás, Teresa había recomendado contratar como director general a Ricardo Salgado, un empresario que prometía modernizar el negocio.
Lo consideraba inteligente, trabajador y respetuoso.
Se había equivocado.
Ricardo terminó casándose con Adriana, la única hija de Teresa, viuda desde hacía siete años.
Lucía tenía cinco cuando perdió a su verdadero padre, Miguel, un técnico de los hornos de la fábrica. Había heredado de él los ojos oscuros y una sinceridad que incomodaba a los adultos.
Desde que Ricardo llegó a sus vidas, la niña comenzó a cambiar.
—Abuelita, ¿puedo quedarme contigo este fin de semana?
—¿Otra vez, mi cielo? ¿Tu mamá no te va a extrañar?
—Creo que ni se va a dar cuenta.
Teresa había sospechado que algo andaba mal, pero evitó intervenir por miedo a destruir el segundo matrimonio de su hija.
Ahora comprendía cuánto le había costado aquel silencio.
Esa noche, Ricardo pretendía conseguir la aprobación para vender la fábrica a un grupo empresarial de la Ciudad de México. Los compradores cerrarían los talleres locales y conservarían únicamente la marca comercial.
Cientos de familias perderían su sustento.
Teresa se oponía rotundamente.
Pero cuando escuchó la voz de Lucía al teléfono, olvidó los documentos, los discursos y la votación.
—¿Dónde estás, mi niña?
—En el kilómetro treinta y dos, rumbo a Tlaxco. Ricardo me dejó aquí porque no quise decirle papá frente a los invitados.
—Escúchame bien. No te subas a ningún coche. Ponte detrás del anuncio grande para cubrirte del viento. Voy por ti.
Teresa salió corriendo y arrancó su camioneta.
A los pocos minutos recibió un mensaje de Adriana.
Pensó que su hija preguntaría desesperada dónde estaba Lucía.