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Pero Teresa no había olvidado la asamblea.
Emilia, la secretaria corporativa, se acercó con una carpeta.
—Doña Teresa, hay algo que necesita revisar antes de entrar.
Eran documentos sobre las acciones de la fábrica.
Durante las últimas cinco semanas, veintitrés pequeños accionistas, casi todos jubilados, habían vendido sus participaciones a Adriana.
Ahora la hija de Teresa poseía el cinco por ciento de la empresa, el máximo permitido por los estatutos.
—Adriana nunca tuvo dinero para comprar todo esto —murmuró Teresa.
—Ricardo gestionó las operaciones —respondió Emilia—. Y hay algo peor.
Le mostró una carta enviada al grupo comprador semanas antes.
Ricardo aseguraba que las ventas habían aumentado casi treinta por ciento durante el último año y que la fábrica era rentable.
Sin embargo, a varios jubilados les había dicho que el negocio estaba al borde de la quiebra.
Teresa comenzó a comprender.
Aquello no era solamente una venta apresurada.
Alguien había aprovechado el miedo de los trabajadores para apropiarse de sus acciones a precios ridículos.
En ese momento apareció Adriana, elegantemente vestida para la reunión.
Al ver a Lucía envuelta en el abrigo de su abuela, frunció el ceño.
—¿Vas a entrar vestida así? Qué vergüenza.
—Ricardo se llevó mi abrigo —contestó la niña.
—Deja de exagerar. Tu padrastro solamente quería que aprendieras a respetarlo.
Teresa mostró el informe médico.
—Tu hija estuvo casi una hora sola, muerta de frío.
—¡Mamá, no arruines la carrera de mi esposo por un berrinche!
Lucía bajó la mirada.
—Mamá, ¿por qué no me llamaste?
Adriana no respondió.
—¿Quieres quedarte conmigo esta noche? —preguntó Teresa a su nieta.
—Quiero vivir contigo, abuelita.
—Perfecto —soltó Adriana—. Quédatela. Así estaremos todos más tranquilos.
Y se marchó.
Teresa sintió una tristeza inmensa, pero también una claridad que nunca había tenido.
Minutos después, entró al salón de la asamblea tomada de la mano de Lucía.
Algo inesperado sucedió.
Primero se levantó doña Ofelia. Después Julián. Luego las trabajadoras, los vidrieros y los jubilados.
En pocos segundos, todo el salón estaba de pie.
Ricardo apareció por la puerta con los inversionistas y se quedó inmóvil.
Teresa avanzó hasta la mesa principal, colocó la carpeta de Emilia frente al micrófono y miró a su yerno.
Por primera vez, aquel hombre parecía tener miedo.
Porque la verdadera razón por la que había comprado aquellas acciones estaba a punto de salir a la luz.
PARTE 3
Ricardo había imaginado aquella noche cientos de veces.
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