Las semanas siguientes estuvieron llenas de conversaciones, llamadas telefónicas y búsquedas de respuestas.
Miles se puso en contacto con sus padres adoptivos. Su madre adoptiva lloró cuando supo lo que habíamos descubierto. Le aseguró que ella y su marido nunca lo habían considerado un sustituto de nadie.
—Has sido nuestro hijo desde el primer día —le dijo—. Que ahora conozcas a tu familia biológica no cambia eso.
Miles le tomó la mano y le dio las gracias.
Después acudimos juntos a especialistas que nos ayudaron a esclarecer sus orígenes. Los documentos que habíamos encontrado constituían una pista importante, pero ambos necesitábamos tener la certeza.
Decidimos hacernos una prueba de ADN.
Tuvimos que esperar varios días para recibir los resultados.
Nunca antes el tiempo me había parecido tan cruelmente lento.
Cada noche me preguntaba qué haría si se confirmaba que Miles era mi hijo. Si me preguntaría por qué no lo había buscado. Si me reprocharía haberlo dejado crecer lejos de mí.
¿Y qué ocurriría si el resultado no confirmaba aquello que había empezado a temer y, al mismo tiempo, a desear?
Cuando por fin llegó el informe, Miles me llamó.
—¿Puedes venir a mi casa? —preguntó.
Su voz sonaba extrañamente apagada.
Recorrí los pocos metros que separaban nuestras casas. Estaba sentado a la mesa, con el sobre de los resultados delante de él.
Me pidió que me sentara enfrente y abrió el documento.
Los dos lo miramos durante un largo rato. Finalmente, Miles levantó los ojos.
—Está confirmado —dijo con la voz entrecortada—. Eres mi madre biológica.
Las lágrimas comenzaron a resbalar por mis mejillas.
Veintiún años.
