—Espera… ¿quieres decir que te aseguraron que tu bebé había muerto?
Asentí.
Se volvió de espaldas y se pasó una mano por el rostro durante varios segundos. Después se levantó, caminó hasta un pequeño armario y sacó una caja vieja.
—Hace unos meses, mi madre adoptiva me entregó algunos documentos. Quería que conociera mis orígenes, pero nunca me atreví a leerlos con detenimiento.
Colocó la caja sobre la mesa.
Dentro había papeles amarillentos, varias fotografías y un sobre con los nombres de sus padres adoptivos. En uno de los documentos reconocí la fecha de mi parto.
Sentí que los dedos se me quedaban rígidos.
Miles sacó un registro de nacimiento y otra hoja en la que constaba que el bebé había sido entregado en adopción a través de un intermediario privado.
—Aquí aparece el nombre de la mujer que organizó la adopción —dijo—. Y aquí está la firma de la persona que me entregó.
Miré la firma.
Era la de mi padre.
En aquel momento sentí que algo se rompía definitivamente dentro de mí.
Durante años me había convencido de que quizá mis padres solo habían querido protegerme de algo que yo era demasiado joven para comprender. Tal vez existía una explicación que nunca había llegado a conocer.
Pero mi padre había firmado los documentos para entregar a mi hijo a unos desconocidos mientras me hacía creer que había muerto.
—Tengo que hablar con él —dije.
Miles vaciló.
—¿Con tu padre?
—Sí. Y esta vez tendrá que decirme la verdad.
Cuando regresamos a mi casa, mi padre estaba sentado junto a la ventana del salón. En los últimos meses se cansaba con facilidad y, a veces, olvidaba dónde había dejado las gafas. Pero cuando vio a Miles, su expresión cambió de inmediato.
Dejó la taza sobre la mesita con tanta brusquedad que parte del café se derramó sobre el mantel.
—¿Quién es él? —preguntó.
—Nuestro vecino. Se llama Miles.
Mi padre lo miró y perdió todo el color de su rostro.
Después bajó la mirada.
Y aquello fue lo que más miedo me dio.
No necesitó preguntar por qué habíamos ido juntos. Tampoco intentó explicarse. Su silencio me dijo mucho más que todas las excusas que me había dado durante años.
Coloqué una copia del documento delante de él.
—¿Firmaste esto?
Durante un largo momento no se movió.
—Papá, mírame.
