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Todavía debía buena parte de la hipoteca, aunque cada mensualidad representaba algo que jamás había tenido: independencia.
Me quedé varios minutos en silencio, imaginando cómo sería despertar sin escuchar reclamos.
Antes de regresar a casa compré cuatro bolsas grandes para empacar mis pertenencias.
Cuando llegué, encontré varios automóviles estacionados afuera.
En la cocina estaban Arturo, sus padres, Daniela y los míos.
Sobre la mesa había catálogos de decoración, fotografías de cocinas modernas y muestras de pisos.
—¡Qué bueno que llegaste, Sofía! —exclamó mi mamá—. Estamos organizando las modificaciones del departamento.
La señora Leonor me observó de arriba abajo.
—Tu propiedad es bastante modesta, querida. Pero quitando algunos muros y poniendo acabados de mejor calidad, los muchachos podrán vivir dignamente.
—No van a quitar ningún muro —respondí.
Arturo acomodó sus lentes con aire de superioridad.
—Sofía, ya hablamos con un diseñador. El proyecto cuesta cuarenta y cinco mil pesos. Te mandaré sus datos para que hagas el depósito.
Solté una carcajada.
—¿Cuarenta y cinco mil pesos para remodelar mi departamento? ¿Y además quieren que yo pague?
Daniela golpeó la mesa.
—¡Es nuestro regalo de bodas! ¡Deja de humillarnos!
La señora Leonor intervino:
—Con esa actitud, señorita, entiendo perfectamente por qué sigue soltera.
Mi mamá, en lugar de defenderme, asintió.
—Discúlpenla. Sofía siempre ha sido difícil, pero yo me encargo de hacerla entrar en razón.
No discutí más.
Entré a mi habitación y comencé a empacar.
Metí ropa, libros, mi computadora y algunos recuerdos de mi abuela Rosa.
Me sorprendió descubrir que treinta y tres años de vida cabían en cuatro bolsas y una maleta.
Una hora después, mi mamá abrió la puerta sin tocar.
—¿Qué significa esto?
—Me voy a vivir a mi departamento.
—¡No puedes irte! Mañana tienes que acompañarnos a revisar los preparativos de la boda.
—No voy a acompañarlos.
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