Después de ahorrar cinco años para comprar mi primer departamento, escuché a mis padres decir: “¿Y dónde vivirá tu hermana cuando se case si tú te mudas?”. Habían decidido regalarle mi propiedad y dejarme en mi viejo cuarto. No lloré ni supliqué. Simplemente anuncié que también podía vender algo de la casa familiar. Lo que revelé después los dejó aterrados…
Todo empeoró cuando Daniela se comprometió con Arturo, un joven que trabajaba como asistente en una facultad universitaria.
Su mamá, la señora Leonor, presumía constantemente que su hijo tenía un futuro brillante y que algún día ocuparía un puesto importante.
Arturo se había convencido de que merecía una vida de lujo, aunque todavía dependía económicamente de sus padres.
Una tarde, Daniela apareció en la cocina con su celular lleno de fotografías.
—Sofi, mira qué bonito se vería el baño con mármol blanco. Arturo quiere cambiar la regadera y poner una tina.
—Pues que la instale en el lugar donde ustedes vayan a vivir.
Mi hermana frunció los labios.
—¡Ay, no empieces! Mamá dijo que nos vas a dejar tu departamento como regalo de bodas.
Sentí un escalofrío.
—¿Perdón?
—No te hagas. Tú puedes seguir viviendo aquí. Además, ¿para qué quieres dos recámaras si estás sola?
Mi mamá intervino inmediatamente.
—Es lo más lógico. Daniela va a formar una familia. Tú solamente necesitas una cama para descansar después del trabajo.
La miré durante varios segundos.
—Mi departamento no está en discusión. Lo compré con mi dinero y voy a vivir ahí.
Daniela comenzó a llorar. Mi mamá me llamó resentida y aseguró que estaba destruyendo la felicidad de mi única hermana.
Aquella noche, cuando iba hacia mi habitación, escuché a mi mamá hablando por teléfono con Leonor.
—No se preocupe, señora Leonor. El departamento será de los muchachos. Sofía siempre termina obedeciendo.
Me quedé inmóvil detrás de la puerta.
Entonces escuché algo todavía peor.
—Ya le prometimos a Arturo que mañana empezaremos los trámites para poner la propiedad a nombre de Daniela. Mi hija mayor tendrá que firmar, quiera o no.
Y comprendí que mi familia no estaba pidiéndome un favor.
Estaba organizando cómo quitarme lo único que había conseguido después de cinco años de sacrificios.
PARTE 2
Al día siguiente llegué temprano a la oficina. Tenía los ojos hinchados porque casi no había dormido.
Mi jefe, el licenciado Ricardo Mendoza, me llamó a su despacho después de la comida.
—Sofía, cerraste tres contratos importantes sin un solo error. La empresa decidió darte un bono extraordinario.
Me entregó un sobre y me felicitó.
Cuando vi la cantidad, estuve a punto de llorar.
Por primera vez en muchos años, podía comprar un colchón decente, un refrigerador y una pequeña sala sin endeudarme más.
Esa misma tarde fui a mi departamento nuevo, ubicado en Azcapotzalco.
No era lujoso. Tenía dos recámaras pequeñas, una cocina sencilla y un balcón desde donde se alcanzaban a ver los edificios vecinos.