Cuando mi hijo se enteró de que necesitaba una operación urgente, me quitó los 285 mil pesos que había ahorrado y dijo: “Mamá, a tu edad es mejor no gastar en médicos”. Creyó que me quedaría llorando y esperando su ayuda. Pero yo encontré la factura de una camioneta y preparé todo en silencio. La mañana de mi cirugía, él recibió una sorpresa que jamás imaginó…
—Durante cinco años dijiste que ibas a trabajar con esa camioneta. En todo ese tiempo apenas me ayudaste una vez con unas medicinas.
Lorena intervino.
—¡Usted no tiene derecho a quitarnos nuestras cosas!
Bajé la mirada hacia su cuello.
Los diamantes brillaban bajo la luz blanca del hospital.
—Qué bonito collar, Lorena.
Ella se quedó inmóvil.
—Debe combinar perfectamente con los 275 mil pesos que me quitaron para comprarlo.
Una de las pacientes soltó una pequeña exclamación.
Sergio apretó los puños.
—¡Ese dinero era para pagar mis asuntos!
—Mentiste, hijo. Me dijiste que tenías deudas urgentes. Le compraste joyas a tu esposa mientras yo podía perder la capacidad de caminar.
—¡No exageres!
Sentí que la rabia me subía hasta la garganta.
Pero no grité.
—Tú tampoco exageres. Esa camioneta fue comprada con el dinero del taller y del terreno de tu padre. La registramos a mi nombre porque tú tenías problemas legales. Te permití utilizarla. Nunca te la regalé.
Lorena miró a Sergio.
—¿Problemas legales?
—Cosas viejas —murmuró él.
—Precisamente de esas cosas también tenemos que hablar —respondí.
Saqué mi celular.
—¿Quieren saber qué hice con los 600 mil pesos?
Sergio levantó inmediatamente la cabeza.
—¿Seiscientos mil? ¿Dónde están?
—Pagué mi operación. Reservé dinero para recuperarme. Y aparté una cantidad para que Camila pueda continuar estudiando.
Mi nieta se cubrió la boca.
—¿Para mí, abuelita?
—Ciento cuarenta mil pesos. Quiero que termines tus estudios sin tener que rogarle nada a nadie.