Cuando mi hijo se enteró de que necesitaba una operación urgente, me quitó los 285 mil pesos que había ahorrado y dijo: “Mamá, a tu edad es mejor no gastar en médicos”. Creyó que me quedaría llorando y esperando su ayuda. Pero yo encontré la factura de una camioneta y preparé todo en silencio. La mañana de mi cirugía, él recibió una sorpresa que jamás imaginó…
—¡Pero ella es mi hija! ¡Eso deberías hablarlo conmigo!
—Es mi dinero, Sergio.
Hice una pausa.
—Y también le envié 120 mil pesos a Diego.
El silencio cayó sobre la habitación.
Mi hijo palideció.
—¿A quién?
—A Diego. Tu hijo.
Lorena giró lentamente hacia él.
—¿Qué Diego?
—El hijo que tuviste con Adriana hace veinticinco años. El muchacho al que no hemos conocido porque tú decidiste mentirnos.
Sergio bajó los ojos.
—Mamá, eso no te importa.
—Me importa porque también es mi nieto. Me importa porque creció pensando que su abuela lo había rechazado.
Lorena dio un paso atrás.
—Tú me dijiste que habías arreglado lo de la pensión y que esa mujer ya no te reclamaba nada.
Sergio no contestó.
—Lo que le regalé a Diego no borra tus obligaciones con él —continué—. Eso tendrás que resolverlo tú. Yo solamente quise hacer algo por un nieto al que me negaste durante veinticinco años.
Mi hijo comenzó a respirar con dificultad.
—¡Arruinaste mi vida! ¡Ahora todos van a enterarse de mis problemas!
Lo observé durante varios segundos.
—¿Y tú qué hiciste con la mía?
No respondió.
—Llamaste a tus tías para decirles que estaba muriéndome. Te llevaste las escrituras de mi departamento. Hasta buscaste a alguien interesado en comprarlo.
—¡Solamente quería estar preparado!
—¿Preparado para qué, Sergio? ¿Para mi funeral o para cobrar mi herencia?
Entonces pronunció algo que jamás olvidaré.
—¡Yo solamente quería evitar que desperdiciaras el dinero! Si te pasaba algo, iba a encargarme de darte un entierro digno.
Sentí que Camila me apretaba la mano.
—Hijo —respondí—, estabas pensando en mi entierro antes de preocuparte por mantenerme viva.
El doctor Ramírez, que acababa de entrar, pidió a Sergio y Lorena que bajaran la voz.
Alejandro se acercó a mi andadera.
—Doña Rosa, ¿se siente con fuerzas para intentar ponerse de pie?
Miré a mi hijo.
Durante años había soportado sus excusas. Había trabajado para darle todo lo que Manuel y yo nunca tuvimos.
Y él había confundido nuestro amor con una obligación de mantenerlo.
—Sí, Alejandro. Quiero levantarme.
El muchacho acomodó la andadera frente a mí y me ayudó siguiendo las indicaciones médicas.
Apoyé las manos.
Sentí el miedo de caerme.
Después incorporé mi cuerpo lentamente.
El dolor de la operación seguía allí, pero era diferente del sufrimiento que me había acompañado durante años.