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Camila comenzó a llorar nuevamente.
Una de las señoras de la habitación aplaudió.
Yo avancé hasta quedar frente a Sergio.
Él me miró como si estuviera viendo a una desconocida.
—Me diste por muerta, hijo —le dije—. Pero aquí estoy. De pie. Y esta vez no vas a decidir cuánto vale mi vida.
Sergio abrió la boca, pero no encontró palabras.
El doctor le pidió que se retirara para permitir que yo descansara.
Lorena salió primero.
Mi hijo permaneció inmóvil unos segundos.
Después se marchó.
Y yo seguí caminando con mi andadera, despacio, bajo la mirada orgullosa de mi nieta.
Me dieron de alta nueve días después.
Camila se mudó conmigo y me ayudó durante toda la recuperación.
Al principio necesitaba la andadera para moverme por el departamento. Después utilicé un bastón.
Cada pequeño avance me parecía un milagro.
El primer día que pude prepararme un café sin pedir ayuda, lloré de felicidad.
Un mes más tarde recibí una visita inesperada.
Era Diego.
Llegó con un ramo de flores y una caja de pan dulce.
Se quedó parado en la puerta, nervioso.
—Buenas tardes, señora Rosa.
—Nada de señora —le dije—. Soy tu abuela.
Entonces aquel muchacho de veinticinco años comenzó a llorar.
Lo abracé como debí haberlo abrazado cuando era pequeño.
Pasamos toda la tarde hablando.
Me contó de su infancia, de su madre, de su trabajo y de la muchacha con la que pensaba casarse.
Antes de marcharse me dijo:
—No he tocado el dinero que me mandó, abuela. Quiero guardarlo para comenzar nuestra vida juntos.
Le acaricié el rostro.
—Hazlo, hijo. Y ven a verme cuando quieras. Aquí tienes familia.
Con el tiempo también supe lo que ocurrió con Sergio.
Lorena terminó vendiendo su collar por mucho menos de lo que costó. Los acreedores comenzaron a reclamar deudas que mi hijo llevaba años evitando.
Después de varias discusiones, ella se fue temporalmente a vivir con su madre.
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