PARTE 1
Cinco años después de entregar al bebé que llevó en el vientre, Mariana Salgado abrió la puerta de su departamento en Guadalajara y encontró a Sebastián de la Vega frente a ella.
El empresario sostenía la mano de un niño de cabello negro, mirada seria y un dinosaurio verde pegado al pecho.
—Mírala bien, Gael —dijo con voz helada—. Ella es tu mamá.
Mariana sintió que las piernas dejaban de responderle.
A los 22 años estudiaba contabilidad, trabajaba de noche en una cafetería y tenía una madre al borde de perder la vida. Teresa necesitaba una cirugía cardíaca urgente que costaba más de lo que Mariana habría ganado en 10 años.
Entonces apareció Beatriz de la Vega.
Dueña de hoteles, destilerías y desarrollos inmobiliarios, Beatriz estaba acostumbrada a comprar soluciones. Su único hijo, Sebastián, padecía una enfermedad genética y sus familiares ya discutían quién controlaría el grupo cuando él faltara.
La mujer ofreció pagar la operación de Teresa, cubrir las deudas de Mariana y darle una suma suficiente para empezar de nuevo.
A cambio, debía concebir un heredero, entregarlo al nacer y desaparecer.
Mariana aceptó al ver a su madre conectada a una máquina.
No por ambición.
Por desesperación.
Sebastián nunca quiso aquel acuerdo. Cuando Mariana lo conoció, estaba pálido, conectado a un suero y revisando contratos desde una cama. La miró como si ella también formara parte de la conspiración de su madre.
Eran 2 desconocidos atrapados en una decisión ajena.
Dos meses después, Mariana quedó embarazada. Sebastián fue enviado a Suiza para recibir un tratamiento experimental, mientras Beatriz instaló a la joven en una casa de Zapopan vigilada por enfermeras, cámaras y abogados.
El día del parto, Mariana solo escuchó el llanto del bebé.
No le permitieron verlo.
Beatriz pagó la cirugía de Teresa y obligó a Mariana a firmar decenas de documentos. También le advirtió que, si buscaba al niño, demandaría a su familia, cobraría cada peso y dejaría a su madre sin tratamiento.
Durante 5 años, Mariana fingió que aquella herida no existía.
Hasta que Grupo De la Vega compró la empresa donde trabajaba.
El nuevo director general entró a la sala de juntas con traje oscuro, espalda firme y una mirada capaz de callar a 20 ejecutivos.
Era Sebastián.
Ya no parecía enfermo.
Cuando la vio, no mostró sorpresa ni reconocimiento. La trató como a cualquier empleada.
Aquella noche, Mariana lo encontró en el elevador junto a Gael.
El niño era una copia de Sebastián, salvo por la curva de sus labios.
La misma de Mariana.
Ella huyó sin decir nada.
Una hora después, tocaron a su puerta.
Gael la observó y preguntó:
—¿De verdad eres mi mamá?
—Yo te llevé dentro de mí —susurró Mariana.
El niño miró su vientre.
—Entonces, ¿por qué me abandonaste?
Antes de que ella respondiera, Sebastián habló:
—Porque recibió dinero y firmó para desaparecer.
Gael retrocedió.
—¿Me vendiste?
—¡No fue así! Tu abuela amenazó con dejar a mi mamá sin tratamiento.
Sebastián palideció.
—¿Qué acabas de decir?
De pronto, Gael soltó el dinosaurio, se llevó las manos a la cabeza y cayó de rodillas.
—Papá… otra vez me duele.
Sebastián alcanzó a sostenerlo.
El niño buscó a Mariana con los ojos medio cerrados.
—Mamá…
Luego perdió el conocimiento.
Mientras Sebastián pedía una ambulancia, Mariana entendió la verdadera razón de su regreso: su hijo estaba enfermo y quizá ella era la única persona capaz de salvarlo.
PARTE 2
La sirena atravesó la avenida Vallarta mientras los paramédicos conectaban cables al pequeño cuerpo de Gael.
Sebastián lo sostenía contra el pecho. Mariana temblaba frente al rostro que había imaginado durante 5 años.
—¿Qué tiene? —preguntó.
—Renunciaste a tus derechos —respondió él.
—No hablo de papeles. Hablo del niño que llevé durante 9 meses.
Gael soltó un gemido y ambos callaron.
En el hospital lo llevaron directo a urgencias. Cuando las puertas se cerraron, el director que imponía miedo en toda la empresa se desplomó en una silla y se cubrió el rostro.
—¿Desde cuándo está así? —preguntó Mariana.
—Hace 8 meses comenzó con migrañas, desmayos y pérdida de fuerza. Los especialistas creen que puede ser hereditario.
—¿La misma enfermedad que tuviste?
Sebastián asintió.
Mariana comprendió que él no había llegado solo para castigarla. Gael necesitaba conocer a su madre biológica y hacerse estudios urgentes.
—¿Por qué esperaste tanto?
—Mi madre dijo que tú no querías verlo. Me mostró una carta con tu firma. Decía que Gael había sido un negocio y que pedirías más dinero si nos acercábamos.
—Jamás escribí eso. Durante el embarazo me hicieron firmar hojas incompletas. Beatriz decía que eran autorizaciones médicas.
—¿También te amenazó?
—Dijo que cancelaría la cirugía de mi madre y nos dejaría en la calle.
Una neuróloga salió. Gael estaba estable, pero presentaba un trastorno genético raro. Necesitaban comparar los marcadores de ambos padres.
—Hagan todo —dijo Sebastián.
—Lo que sea necesario —añadió Mariana.
Esa noche les tomaron sangre.
Cuando Mariana entró a la habitación, Gael dormía rodeado de monitores. Ella se sentó junto a la cama y le acarició la mano.
—Perdóname. Nunca quise dejarte.
El niño abrió los ojos.
—¿Mamá?
—Aquí estoy.
—Papá dice que quien llega tarde debe explicar por qué.
Mariana respiró hondo.
—Llegué tarde porque no sabía dónde estabas. Me prohibieron buscarte.
—¿Quién?
Sebastián entró justo entonces.
Gael miró a ambos.
—La abuela, ¿verdad?
Ninguno respondió.
—Eso significa que sí —dijo el niño.
A la mañana siguiente llegaron los resultados.
Mariana no tenía la mutación.
Sebastián sí.
—Yo se la transmití —murmuró él.
La doctora explicó que nadie elegía los genes que heredaba. Sin embargo, Sebastián parecía aplastado por la culpa.
—Tú tampoco elegiste libremente tenerlo —dijo Mariana.
Por primera vez admitieron la verdad completa: Beatriz había utilizado la enfermedad de su hijo, el miedo de Mariana y la urgencia de Teresa para fabricar un heredero.
Eso no borraba el daño.
Pero cambiaba al verdadero responsable.
La neuróloga explicó que existía una terapia experimental con buenas probabilidades. Requería procedimientos delicados, muestras de ambos padres y meses de seguimiento.
—Acepto —dijo Mariana.
—Hay riesgos.
—Es mi hijo.
Durante las semanas siguientes, Mariana trabajó desde el hospital. Gael comenzó a esperarla cada tarde con preguntas nuevas.
Quería saber si ella odiaba las zanahorias, si tenía miedo de los truenos y por qué no sabía silbar.
—Lo de las zanahorias viene de tu papá —bromeó Mariana.
Sebastián levantó la vista de su computadora.
—Yo sí como zanahorias.
—Con medio litro de salsa.
—Sigue contando.
Gael se rio.
Mariana descubrió que el director frío era un padre paciente. Sabía qué cuento dormía a Gael y qué canción lo calmaba durante las pruebas.
Beatriz había contratado niñeras, pero Sebastián lo había criado casi solo mientras dirigía el grupo.
Una tarde, Mariana le preguntó por qué fingió no conocerla en la empresa.
—Pensé que la carta era real —admitió él—. Creí que te acercarías para pedir dinero.
—Y aun así lo llevaste a mi casa.
—Llevaba semanas preguntando quién era su madre. Encontró un libro de ciencias y empezó a decir que quizá había nacido de una piedra. Perdí la paciencia.
Mariana soltó una carcajada.
—No recordaba tu risa —dijo Sebastián.
—Nunca me diste motivos para reír.
—Eso también es verdad.
La terapia comenzó a funcionar. Los dolores disminuyeron y Gael recuperó fuerzas.
Pero la calma terminó cuando Beatriz regresó de Madrid.
Entró acompañada por 2 abogados, vestida de marfil y con gesto de propietaria.
—¿Qué hace ella aquí?
Sebastián se levantó.
—Está cuidando a su hijo.
—Ella no tiene ningún hijo.
Gael dejó su dibujo.
—Sí tiene. Soy yo.
Beatriz forzó una sonrisa.
—Cariño, esa mujer solo fue la gestante.
—No vuelvas a llamarla así —dijo Sebastián.
El silencio cayó sobre la habitación.
—Todo lo hice para proteger a esta familia —respondió Beatriz.
—Falsificaste una carta.
—Evité que una oportunista regresara para chantajearnos.
—Me amenazó —intervino Mariana—. Dijo que dejaría a mi madre sin cirugía si buscaba al bebé.
—Aceptaste el trato.
—Acepté el embarazo. No acepté que robara mi historia y me convirtiera en una mujer sin corazón.
Sebastián dio un paso hacia su madre.
—También me sedaste, manipulaste estudios y aprovechaste que yo estaba enfermo.
Beatriz perdió el color.
—Te estabas m.u.r.i.e.n.d.o.
—Eso no te daba derecho a decidir por todos.
Gael los observaba con miedo.
—¿La abuela hizo que mamá se fuera?
Beatriz se acercó.
—Todo fue por ti.
El niño negó con la cabeza.
—No. Fue por la empresa.
Dos días después, Beatriz envió una demanda. Amenazó con impedir que Mariana volviera al hospital y exigirle una indemnización millonaria.
Esta vez Sebastián no la dejó sola.
Contrató abogados independientes y ordenó revisar cada documento.
Encontraron la firma de Mariana copiada en la carta, cláusulas añadidas después y transferencias a empleados para que guardaran silencio.
Después apareció algo peor.
Un genetista había recomendado no concebir hasta terminar estudios más completos. Beatriz ocultó el informe porque temía que Sebastián no sobreviviera al tratamiento y el consejo entregara el grupo a otros familiares.
Gael no había sido planeado solo como heredero.
Había sido creado como una póliza humana para conservar el poder.
—Mi madre podría ir a prisión —dijo Sebastián en el balcón del hospital.
—¿Te duele?
—Es mi madre.
—Y también te hizo daño.
—Las 2 cosas pueden ser ciertas.
Mariana entendía esa contradicción. Beatriz había pagado la cirugía que salvó a Teresa, pero le había robado los primeros 5 años de su hijo.
—¿La denunciarás?
—Sí. Gael debe aprender que amar a alguien no significa permitirle destruir a los demás.
El consejo separó a Beatriz de todos sus cargos. La fiscalía abrió una investigación por falsificación, amenazas y delitos relacionados con consentimiento médico.
La noticia explotó en todo México.
