PARTE3
Algunos llamaron a Mariana víctima. Otros dijeron que había regresado por la fortuna De la Vega.
Los reporteros rodearon su edificio. Sebastián le ofreció enviarla a Mérida hasta que terminara el escándalo.
—Ya perdí 5 años por miedo —respondió ella—. No perderé otro día.
—Van a despedazarte en redes.
—Que hablen. Yo sé por qué estoy aquí.
—¿Te quedarás?
—Seré su madre, siempre que él quiera.
—Quiere.
La respuesta fue inmediata.
—¿Y tú qué quieres, Sebastián?
Él apartó la mirada.
—No se trata de mí.
—Hace 5 años tampoco se trató de nosotros. Tal vez ahí empezó todo.
No eran una pareja destinada por magia.
Eran 2 personas heridas, unidas por un niño y una historia construida sobre mentiras.
Gael recibió el alta 10 días después.
Salió con una gorra azul, el dinosaurio bajo el brazo y una hoja escrita con letras chuecas.
—Son las reglas para ser familia —anunció.
La primera decía que mamá no podía desaparecer.
La segunda, que papá debía dejar de fruncir el ceño porque parecía villano de telenovela.
La tercera exigía cenar juntos los domingos.
La cuarta decía que nadie podía mentirle por ser pequeño.
Sebastián se arrodilló frente a él.
—Nadie volverá a mentirte.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo.
Gael extendió un brazo hacia su padre y otro hacia Mariana.
—Entonces abrácense para cerrar el trato.
El abrazo fue torpe. Apenas se tocaron los hombros.
—Así no —protestó Gael.
Los empujó hasta juntarlos.
Cinco años atrás, todo entre Mariana y Sebastián había estado rodeado de contratos, miedo y órdenes.
Aquella vez solo había un niño sosteniéndolos con todas sus fuerzas.
Los meses siguientes no fueron perfectos. Gael tuvo recaídas y sus padres discutieron por horarios y tratamientos. Ambos comenzaron terapia.
Beatriz aceptó un acuerdo judicial, devolvió el control de varios fideicomisos y quedó fuera de la empresa. Antes de retirarse, pidió ver a Gael.
El niño aceptó con la condición de que sus padres estuvieran presentes.
—Te quiero —le dijo Beatriz entre lágrimas.
—Yo también, abuela. Pero hiciste cosas malas.
—Creí que protegía a la familia.
—Una familia no necesita que la protejan de su mamá.
No hubo perdón inmediato.
Solo verdad.
Y por primera vez, eso bastó.
Un año después, Gael estaba estable y había vuelto a la escuela. Mariana seguía en la empresa, pero trabajaba en un área donde Sebastián no tenía autoridad directa sobre ella.
Una tarde, él apareció junto a su escritorio.
—Gael quiere que cenes en casa.
—Es miércoles.
—Quiere ampliar la regla del domingo.
—¿Y tú?
Sebastián metió las manos en los bolsillos.
—Yo quiero que vengas.
Después de acostar al niño, se quedaron solos en la cocina.
—No quiero que estés conmigo por Gael —dijo él.
—No lo estoy.
—Tampoco quiero que sientas que me debes algo.
—No te debo nada.
Sebastián sonrió.
—Eso me quedó clarísimo.
Se acercó despacio.
—Quiero preguntarte algo que debí preguntar hace 5 años.
—¿Qué cosa?
—¿Puedo besarte?
No había dinero.
No había órdenes.
No había una madre decidiendo por ellos.
Mariana pudo elegir.
—Sí.
El beso no borró el pasado, pero comenzó algo que les pertenecía.
A la mañana siguiente, Gael los encontró dormidos en el sofá. Tomó su lista y escribió con crayón rojo:
“Regla 5: desde hoy, nadie abandona a nadie”.
Y esa fue la única herencia que los 3 decidieron proteger.
