“Bueno, hijita, ya me voy”, dijo mi suegra y se olvidó de colgar. Segundos después la escuché reírse de cómo había logrado que mi esposo dudara de mí tras 12 años de matrimonio. Seguí escuchando sin respirar, hasta que mencionó 15 mil pesos, un desconocido y unas fotografías frente a un hotel. Guardé la grabación y decidí acudir a aquella cita…
La vi salir. Había imaginado una victoria, pero sólo sentía cansancio. Tener la razón también podía doler.
Le dije a Andrés que pasaría unos días en el departamento de mi padre. Los niños se quedarían con él mientras reorganizábamos nuestras rutinas y yo podría verlos cada tarde. No quería hacerles creer que debían escoger entre nosotros.
—¿Te vas a divorciar? —preguntó Andrés.
—No lo sé. Pero necesito dormir en un lugar donde nadie me pida demostrar que soy una mujer decente.
Aquella noche regresé al departamento de mi padre. Me puse una sudadera suya que encontré detrás de la puerta y me senté frente al tablero de ajedrez. Por primera vez en meses, tenía un lugar donde pensar sin miedo.
A las diez llamó Valeria.
—Mamá, ¿es cierto que papá y tú se van a separar por culpa de la abuela?
—Tu papá y yo estamos resolviendo un problema de adultos. Tú y Mateo no tienen la culpa de nada.
Mi hija rompió a llorar.
—Es que la abuela lleva mucho tiempo diciéndome que tú te vas a ir con otro señor. Me pidió que no te contara, porque ibas a enojarte conmigo y ya no me dejarías visitarla.
—Escúchame bien, mi vida. Nunca he tenido otra pareja. Jamás he planeado abandonarlos. Y jamás voy a castigarte por contarme algo que te preocupa.
—Entonces, ¿por qué la abuela lo decía tan segura?
No supe responder de inmediato. ¿Cómo explicarle a una niña que una persona puede quererla y, al mismo tiempo, utilizar su confianza para lastimar a alguien más?
—Porque se equivocó de una manera muy grave —contesté al fin—. Y los adultos también tenemos que responder por lo que hacemos.
Al día siguiente Andrés llegó con los ojos hinchados. Se sentó frente a mí y colocó sobre la mesa las copias de las llaves de nuestra casa que le había retirado a su madre.
—No quiero que vuelva a entrar sin permiso —dijo—. Tampoco podrá hablar con los niños a escondidas ni contarles cosas sobre ti. Si insiste, suspenderemos las visitas.