Durante varios minutos permanecieron así, sin preocuparse por las máquinas, el hospital ni las personas que los observaban desde la puerta.
Meses después, la Fiscalía había judicializado las acusaciones contra Rodrigo y Esteban por hechos relacionados con el intento de privar de la vida a Valeria, además de investigar los delitos vinculados con documentación falsa y suministro irregular de equipo médico.
La empresa de Rodrigo quedó sometida a investigaciones administrativas y penales.
Las autoridades sanitarias revisaron los lotes denunciados y ordenaron medidas para proteger a los pacientes afectados.
Gabriel entendió que el proceso judicial sería largo.
También comprendió que recuperar a Valeria no significaba borrar lo ocurrido.
Su esposa tenía pesadillas.
Algunas noches despertaba sobresaltada y necesitaba comprobar que la puerta de su habitación estaba abierta.
Mateo empezó a recibir acompañamiento psicológico porque durante semanas temió que su madre desapareciera nuevamente mientras dormía.
Gabriel, por su parte, tuvo que aprender a vivir sin culparse cada vez que recordaba el momento en que casi abandonó el panteón.
La familia avanzó poco a poco.
Valeria volvió a caminar sin ayuda, aunque todavía necesitaba descansar con frecuencia.
Retomó contacto con sus compañeros de enfermería y decidió que, cuando estuviera recuperada, seguiría trabajando para que las irregularidades denunciadas no quedaran impunes.
Una tarde de domingo, Gabriel encontró a Mateo y Valeria plantando girasoles en el jardín.
El niño sostenía una pequeña pala.
—Mamá, ¿por qué tenemos que poner las semillas tan abajo?
—Porque necesitan tierra para crecer.
Mateo observó el agujero durante unos segundos.
—Pero tú también estabas debajo de la tierra.
Valeria dejó la pala y se arrodilló a su lado.
—Sí, cariño.
Pero aquello fue muy diferente.
—¿Todavía tienes miedo?
Valeria pensó antes de responder.
—A veces.
—Yo también.
Ella lo abrazó.
—Entonces vamos a ayudarnos cuando tengamos miedo.
Mateo sonrió y colocó una semilla en el agujero.
—Esta va a ser la más grande.
Gabriel los contemplaba desde la puerta de la cocina.
Sobre la mesa descansaba una fotografía del antiguo funeral, una imagen que todavía no sabía si conservar o destruir.
Finalmente la guardó en una caja junto con los documentos del caso.
No quería que aquel día definiera toda la vida de su familia.
Cuando regresó al jardín, Mateo corrió hacia él.
—Papá, ¿te acuerdas de que te dije que mamá me estaba llamando?
—Claro que me acuerdo.
—¿Y sabes qué fue lo mejor?
Gabriel se agachó.
—¿Qué cosa?
Mateo le rodeó el cuello con los brazos.
