Ella cerró los ojos.
—Pensé que iba a morir.
Gabriel tomó su mano.
—¿Recuerdas qué pasó?
Valeria tardó varios segundos en responder.
Recordaba que Rodrigo había llegado a casa para pedirle que entregara los documentos de la clínica.
Discutieron en la cocina.
Él le aseguró que estaba dispuesto a resolver el problema sin perjudicar a nadie.
Después, ella bebió café.
Comenzó a sentirse mareada y perdió fuerzas.
—Intenté levantarme —murmuró—, pero mis piernas no respondían.
Una lágrima le resbaló hacia la almohada.
—Lo escuché hablando por teléfono.
Decía que ya no podría denunciarlo.
Gabriel apretó suavemente sus dedos.
—Ya entregamos todas las pruebas.
Valeria lo miró con angustia.
—¿Y Mateo?
—Está bien.
—¿Por qué no vino a buscarme?
Gabriel respiró profundamente.
—Sí vino, Vale.
Y gracias a él estás aquí.
Cuando le contó lo sucedido en el panteón, Valeria comenzó a llorar.
Recordaba fragmentos confusos: oscuridad, una sensación de presión y sonidos lejanos.
No podía asegurar si había escuchado la voz de su hijo durante el entierro o si esos recuerdos pertenecían a los momentos posteriores al rescate.
Los médicos tampoco pudieron determinar qué había escuchado exactamente Mateo.
Era posible que hubiera percibido algún sonido muy tenue durante el servicio funerario, aunque no existía manera de comprobarlo.
Lo único indiscutible era que el niño había insistido cuando todos los adultos daban el caso por cerrado.
Una semana después, los especialistas autorizaron una visita breve.
Gabriel condujo a Mateo hasta la habitación.
El niño entró despacio, sosteniendo un pequeño ramo de girasoles.
Valeria estaba sentada junto a la ventana, con una manta sobre las piernas.
Cuando vio a su hijo, abrió los brazos.
—Mi niño…
Mateo dejó caer las flores y corrió hacia ella.
—¡Mamá!
La abrazó con cuidado, como Gabriel le había indicado.
Valeria hundió el rostro en su cabello.
—Te extrañé muchísimo.
—Te llamé, mamá.
Te llamé cuando estabas debajo de la tierra.
Ella comenzó a temblar.
—Lo sé, mi amor.
—Nadie me creía.
Valeria tomó su carita entre las manos.
—Yo te creo.
Gabriel se acercó y los rodeó a ambos con los brazos.
