Una mujer, por compasión, ayudó a una serpiente bajo un calor intenso, pero la anciana no podía ni imaginar en qué horror se convertiría para ella ese acto bondadoso.

Una mujer, por compasión, ayudó a una serpiente bajo un calor intenso, pero la anciana no podía ni imaginar en qué horror se convertiría para ella ese acto bondadoso.

La mujer caminaba lentamente por un estrecho sendero polvoriento, moviendo los pies con dificultad. En su espalda llevaba un haz de leña recogida en el bosque. La había reunido desde la mañana para prepararse de alguna manera para el invierno. El sol estaba alto, el aire ardía, respirar era difícil.

El pañuelo se le pegaba a la cabeza por el sudor, las manos le temblaban por el cansancio. En una pequeña botella de plástico quedaba muy poca agua. Ya imaginaba sentarse en el umbral, dar un sorbo y descansar un poco.

Pero de repente se detuvo. Justo en medio del camino había una serpiente.

Estaba en una posición extraña. No se movía, no levantaba la cabeza, no intentaba arrastrarse.
Al principio la mujer sintió miedo. El corazón le latió con fuerza y dio un paso atrás. En esos lugares las serpientes no son raras, y muchas son peligrosas.

Miró con atención. La serpiente no se movía.

No parecía un ataque. Más bien lo contrario — como si no tuviera fuerzas ni para levantarse. El cuerpo estirado, la boca ligeramente abierta, casi sin movimiento.

La mujer dudó. En su mente luchaban el miedo y la compasión. Sabía que un solo paso en falso podía costarle la vida. Pero al mismo tiempo era evidente: ese ser no atacaba. Se estaba muriendo.

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