Otro día.
Otra escena.
Mariana, al teléfono.
«Sí, el señor Andrei se ha ido otra vez. ¿Niños? Son difíciles de controlar. Esta chica nueva no puede con ellos. No creo que se quede mucho tiempo».
Andrei lo entendió entonces.
Los niños no eran el problema.
No Julia.
Sino el muro de frialdad que se había levantado a su alrededor con el pretexto del orden y la disciplina.
Siguió desplazándose por la pantalla.
Y vio algo que le hizo taparse la boca con la mano.
Una noche, David tuvo una pesadilla. Lloraba y gritaba llamando a su madre. Mariana abrió la puerta, se asomó y se fue.
Unos minutos después, Julia entró corriendo. Lo tomó en brazos, lo sentó en la alfombra y le cantó suavemente. La misma canción que había escuchado antes.
Se quedó allí sentado casi una hora.
En el suelo.
Sin darse cuenta de que alguien lo observaba.
Andrei rompió a llorar. Las lágrimas indiscretas de alguien que se contenía. Pero eran lágrimas de verdad, con los hombros temblorosos.
