Cuando lo miré, vi que ya no estaba avergonzado.
Solo sonreía.
Una semana después me hizo una pregunta que jamás habría esperado.
—Selena… ¿te casarías conmigo?
Pensé que estaba bromeando.
Pero no.
Me explicó que en los formularios del hospital había una casilla que siempre quedaba vacía: «Persona de contacto más cercana».
No quería morir sintiendo que no tenía a nadie.
—Solo quiero que alguien me tome de la mano cuando llegue el final —me dijo.
No sabía qué responder.
Pero finalmente dije que sí.
Nos casamos en su sala de estar.
No hubo invitados ni una gran celebración. Solo un sacerdote, unas flores, algo de música y nosotros dos.
Yo llevaba una sencilla camiseta blanca.
Durante los días siguientes vivimos como una pareja normal, aunque ambos sabíamos que el tiempo se nos estaba acabando.
Vimos películas antiguas, discutimos sobre libros, tomamos té y jugamos al Scrabble.
Había una novela vieja que Carl consideraba su favorita, pero nunca me dejaba verla.
Cada vez que le preguntaba por ella, sonreía y cambiaba de tema.
Yo era su esposa desde hacía diez días cuando Carl murió.
Estaba junto a su cama.
Sostenía su mano.
Y aunque sabía que aquel momento llegaría, cuando dejó de respirar sentí que una parte de mi mundo se había quedado completamente en silencio.
En su funeral había menos de veinte personas.
Algunos eran antiguos alumnos suyos. Otros, viejos amigos.
Uno de ellos llevó comida.
Otro apareció con una pequeña casita azul para pájaros.
Después del funeral regresé sola a casa.
Pensé que todo había terminado.
Pero aquella misma noche alguien llamó a mi puerta.
Era un hombre que nunca había visto antes.
—¿Selena? Soy Baron, el abogado de Carl.
En sus manos llevaba un sobre cerrado.
—Carl me pidió que no se lo entregara hasta después de su funeral.
Sentí un nudo en el estómago.
Abrí el sobre.
Dentro había una carta.
La primera frase hizo que dejara de respirar por un instante:
«Nuestro encuentro no fue una casualidad».
Seguí leyendo.
