Tres días después de enterrar a su bebé, una niña apareció cargándolo vivo… y una pulsera reveló quién había planeado todo

PARTE 2

El doctor Julián Ramírez llegó 20 minutos después, todavía con el pantalón de la pijama bajo el abrigo. Había sido médico de confianza de Alejandro durante 9 años y no tenía relación con Santa Helena.

Revisó al bebé en el cuarto preparado para Emiliano: paredes azul claro, una cuna de madera blanca y una lámpara en forma de luna.

—Está deshidratado y tiene frío, pero no presenta ninguna malformación grave —concluyó—. El hospital les mintió.

Alejandro pidió pruebas de ADN y prohibió que las muestras pasaran por Santa Helena.

Poco después llegó la comandante Mara Velasco con agentes de la Fiscalía. Fotografió la bolsa, las pulseras, la cobija y la nota.

Luego pidió revisar las cámaras traseras.

Renato, jefe de seguridad, bajó la mirada.

—Se apagaron a las 4:47 de la tarde.

—¿Quién reportó la falla?

—El asistente del señor Diego.

La reunión había comenzado a las 6.

Diego exigió llamar al abogado familiar, César Rivas. Sin embargo, Rivas ya no estaba en la casa. Su coche seguía afuera, pero una antigua salida de la cava había sido abierta desde dentro.

Había escapado por el jardín.

La sospecha cambió de dirección.

César había redactado el testamento, recomendado el Hospital Santa Helena y contactado la clínica de fertilidad donde Mariana logró embarazarse.

Mara ordenó rastrearlo.

Mientras Emiliano dormía, Alejandro enfrentó a su esposa.

—¿Por qué reconociste la pulsera?

Mariana intentó negarlo, pero terminó llorando.

2 meses antes del parto, un hombre llamado Gabriel Ferrer la citó en una cafetería de Polanco. Le mostró un expediente de Santa Helena donde datos médicos de Mariana aparecían bajo el número de Teresa Bellán: tipo de sangre, alergias, una operación infantil y hasta una cicatriz en la cadera.

Ferrer dijo que era un error antiguo y le pidió firmar una autorización para corregirlo.

—No leí todo —confesó—. Me amenazó con investigar el embarazo y detener el tratamiento.

Alejandro sintió rabia, pero también miedo.

La Fiscalía llamó al hospital. El ginecólogo había renunciado, el neonatólogo estaba incapacitado y el archivo digital de Emiliano aparecía bloqueado.

A las 11:40, el doctor Ramírez recibió los primeros resultados.

—El bebé es hijo biológico de Alejandro.

Mariana cerró los ojos, aliviada.

—¿Y mío? —preguntó.

Ramírez tardó en responder.

—Está emparentado contigo, pero no como hijo. Los marcadores sugieren que podrías ser su tía.

Mariana palideció.

—Yo lo llevé 9 meses.

—Eso nadie lo está negando —dijo el médico—. Hablo únicamente del origen del óvulo.

Mariana miró la llave marcada con el número 214.

Entonces recordó un cuarto amarillo.

Cuando tenía 6 años, su padre la llevó al Santa Helena. Allí conoció a una niña idéntica a ella llamada Lucía. Había 2 camas, dibujos de una casa junto al mar y una promesa: volver juntas algún día.

Su familia le hizo creer que todo había sido un sueño.

La Fiscalía obtuvo una orden de cateo esa misma madrugada.

En los planos actuales no existía el cuarto 214. Entre los cuartos 212 y 216 solo aparecía un clóset de limpieza.

La llave abrió una puerta oculta.

Detrás seguía el cuarto amarillo.

Había 2 camas pequeñas, grabaciones, fotografías y marcas de estatura con los nombres “Mariana” y “Lucía”.

Eran gemelas.