Durante años había sentido que si soltaba una sola cuerda, Daniel se caería. Ahora entendía que él se había acostumbrado tanto a que ella sostuviera todo que ni siquiera sabía cómo gestionar su propia vida.
Mateo notó su expresión.
—¿Daniel?
—Sí.
—¿Quieres que te deje sola?
Ese detalle le importó: había preguntado.
Lucía negó con la cabeza y escribió:
“Tus medicamentos y contactos están en la carpeta azul del escritorio. Ya eres responsable de tus citas. El lunes irá una mudanza por mis cosas.”
Daniel respondió de inmediato:
“¿Así nada más?”
“¿Qué esperabas?”
“Pensé que cuando se te bajara el coraje podríamos hablar.”
Lucía sintió una claridad fría.
“No me fui por coraje. Me pediste dejar nuestra casa para meter a otra mujer. Eso no es una pelea, Daniel. Es una despedida.”
Apagó la pantalla.
Cuando aterrizó en Guadalajara, su madre, Rosa, la esperaba en el aeropuerto. La abrazó fuerte y luego vio a Mateo detrás cargando dos maletas.
—¿Mateo Herrera?
—Señora Rosa.
Rosa miró a uno y a otro con una rapidez casi cómica.
Mateo dejó la maleta de Lucía junto al coche. Antes de irse, dijo:
—Una semana.
—Una semana.
Rosa esperó a que su taxi se alejara.
—¿Casualmente te encontraste con él?
Lucía sonrió.
—Casi casualmente.
En casa, frente a café y tortillas calientes, Lucía contó todo sin proteger a Daniel: el accidente, los meses de hospital, las noches sin dormir, los trabajos rechazados, la suegra repitiendo “qué bueno que Daniel tiene una esposa que se dedica a él” y, finalmente, Fernanda.
Rosa dejó la taza sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.
—¿Y todavía te pidió la lista de medicamentos?
—Sí.
—Ese hombre no quería esposa. Quería una administradora de vida.
Lucía bajó la mirada.
—Yo también permití demasiado.
