Ahora Daniel caminaba solo, manejaba otra vez y había regresado a la oficina. Y justo entonces le pedía que se fuera.
—Tres años puse mi vida en pausa por ti.
—No hagamos esto más difícil, Lu.
Ella entró al dormitorio, sacó una maleta y guardó ropa. Daniel dijo que podía llevarse “lo que quisiera”, pero casi nada de aquel departamento se sentía suyo. El sillón lo había elegido él, la vajilla su madre, el coche estaba a su nombre.
Se llevó una sola maleta.
Su madre vivía en Guadalajara. Lucía no le avisó. Compró un boleto de última hora de Monterrey a Ciudad de México para conectar hacia casa.
No lloró en el taxi, ni al documentar, ni cuando se sentó en el 18C.
Antes del despegue, una sobrecargo se acercó.
—Tuvimos un ajuste de lugares. ¿Le molestaría pasar a clase ejecutiva?
Lucía aceptó sin preguntar. Siguió a la mujer, cruzó la cortina y se quedó inmóvil.
Junto a la ventanilla había un hombre de traje oscuro.
—Hola, Lu.
—Mateo.
Habían crecido juntos en Guadalajara: Lucía, Daniel y Mateo. Mateo estuvo en su boda siete años atrás, se fue antes del pastel y poco después casi desapareció de sus vidas.
Ahora no parecía sorprendido de verla.
—Tú pediste que me cambiaran —dijo ella.
—Sí.
Durante el vuelo, Lucía terminó contándole lo esencial: el accidente, los tres años cuidando a Daniel, la otra mujer y la orden de abandonar el departamento.
Mateo escuchó sin interrumpir.
Después preguntó:
—¿Sigues hablando francés?
—Francés jurídico y técnico. ¿Por qué?
—Mi intérprete entró anoche a cirugía. Mi equipo vuela hoy de Ciudad de México a París. Llevamos ocho meses negociando una alianza con una empresa francesa para instalar una línea industrial en Querétaro.
Lucía lo miró como si hubiera perdido la razón.
—Yo voy a Guadalajara.
