—¿Cómo estás?
Lucía miró su laptop. Había tenido una entrevista esa mañana y tenía otra al día siguiente.
—Mejor.
—¿Encontraste trabajo?
—Encontré opciones.
—Entonces no te ofreceré nada. Pero sí puedo invitarte a cenar.
Lucía guardó silencio unos segundos.
—Eso sí puedes ofrecerlo.
—¿El viernes? ¿Paso por ti?
Ella pensó en todas las veces que alguien había decidido dónde debía estar, qué debía hacer, cuánto debía dar y cuándo debía irse.
—No. Nos vemos allá. Mándame la ubicación.
—Hecho.
Rosa entró a la cocina cuando colgó.
—¿Era él?
—Sí. Vamos a cenar.
—¿Y luego?
Lucía cerró la laptop.
—Luego ya veremos. Esta vez no voy a vivir adelantándome a lo que otro quiera.
Una semana antes había salido de Monterrey con una sola maleta y la sensación de que siete años de vida se habían quedado encerrados en un departamento ajeno.
Ahora seguía sin saber si Mateo sería una nueva historia, una amistad recuperada o algo más.
Pero ya sabía algo mucho más importante.
No necesitaba que Daniel se arrepintiera para recuperar su dignidad.
No necesitaba que Mateo la eligiera para sentirse valiosa.
Había pasado tres años ayudando a un hombre a volver a caminar.
Y al final, la persona que necesitaba ponerse de pie era ella.
Esta vez lo hizo sin pedir permiso.
