“¿Qué haces ahí parada? ¡Salva a mi esposo!”, me gritó una embarazada de ocho meses cuando trajeron a un accidentado al hospital. Reconocí la cicatriz de su mano: era mi marido de 20 años, que llevaba días mintiéndome sobre un viaje. No levanté la voz. Cuando supe que sobreviviría, respondí: “La buena noticia es que vivirá. La mala…”. Y saqué el documento que cambiaría todo.
—Esto se puede impugnar, pero necesitamos pruebas. No lo enfrentes todavía. Podrían intentar revenderla.
Fui a Atlixco. En la reja de la casa colgaba un anuncio de SE VENDE. Llamé fingiendo ser compradora.
—Es de mi futura suegra —respondió una voz joven—. Mi prometido ya se va a divorciar. Nos casamos en verano, cuando nazca el bebé.
Se llamaba Evelyn.
En marzo la vi llegar a la casa con Eduardo. Estaba embarazada. Él la ayudaba a bajar de la camioneta mientras ella elegía qué muebles de mi madre tirar y cuáles usar en el cuarto del bebé. Tomé fotografías desde la acera de enfrente.
Mi hijo, Santiago, lloró cuando le mostré las pruebas, pero luego me abrazó.
—Mamá, yo sé quién estuvo conmigo cuando enfermé y quién pagó mis estudios. Vamos a sacarte de ahí.
Mientras Eduardo preparaba su supuesto viaje de tres días a Irapuato, Santiago y un amigo me ayudaron a trasladar mis cosas a un pequeño departamento asignado por el hospital.
Revocamos el poder y Liliana presentó la demanda civil, solicitando una medida cautelar para impedir otra venta mientras se resolvía el caso. También presentamos la denuncia correspondiente.
El jueves por la tarde supimos que la medida sobre la casa había sido concedida. Eduardo aún no sabía nada.
Esa noche entré a mi guardia sintiendo, por primera vez en meses, que podía respirar.
Hasta que llegó la ambulancia.
Reconocí la mano de Eduardo. Y cuando la muchacha embarazada me gritó que era su esposo, distinguí en su muñeca una golondrina de oro idéntica a la que él me había regalado.
No solo me había robado la casa: había comprado el mismo símbolo de amor para las dos.
Y mientras los médicos luchaban por mantenerlo con vida, comprendí que aquella noche tendría que mirar a los ojos a las dos mujeres involucradas en mi desgracia.
Una todavía no sabía quién era yo.
La otra estaba a punto de descubrir que ya no podía seguir engañándome.
PARTE 3
—Preparen líquidos, avisen a Trauma y pidan pruebas cruzadas —ordené.
—Jefa, si quiere, yo puedo… —murmuró Dina, una de las enfermeras.
—Tú sigue el protocolo. Llama al médico de guardia y dile que existe un parentesco. Que otro médico quede a cargo de las decisiones clínicas.
Era la única manera de mantener la cabeza fría. En Urgencias no podíamos perder segundos discutiendo mi matrimonio. Colaboré en las maniobras iniciales hasta que el equipo de reanimación asumió el control, y luego me aparté de cualquier decisión que pudiera comprometer mi juicio.
Evelyn entró detrás de la camilla tambaleándose.
—¡No se quede ahí parada! ¡Es el papá de mi niña!
—Está recibiendo atención. Usted también necesita que la revisen —le respondí—. Venía en el vehículo y está embarazada.
Se resistió hasta que una contracción dolorosa la hizo doblarse. Pedí que la trasladaran de inmediato a valoración obstétrica.
Media hora después apareció doña Graciela con un bolso apretado contra el pecho.
—¡Cristinita, gracias a Dios estás aquí! —exclamó—. Tú eres fuerte. Vas a sacarlo adelante, ¿verdad?
En ese instante Evelyn pasó por el pasillo rumbo a Maternidad. Las dos se miraron. La cara de mi suegra cambió apenas un segundo: sorpresa, reconocimiento, preocupación. Luego apartó la vista.
—¿Quién es esa joven? —pregunté.
—Qué voy a saber yo. Alguna compañera del trabajo. Eduardo siempre ha sido muy servicial.
Antes de que pudiera contestar, una alarma sonó desde el área de choque. Eduardo había entrado en paro cardíaco.