Sé que, después de leer estas líneas, me odiará. Quizá piense que me aproveché de usted, y no se lo reprocharía.
Pero antes de juzgarme, permítame explicarle por qué me acerqué a usted anoche.
Me llamo Daniel Reed. Tengo cuarenta y un años y hace unos meses perdí a mi madre. Tenía sesenta y dos años, la misma edad que usted.
Durante toda mi vida pensé que teníamos tiempo de sobra. Fui posponiendo las visitas, las llamadas y hasta las conversaciones más sencillas. Cuando ella me llamaba, muchas veces le decía que hablaríamos más tarde. Pero un día dejó de llamarme para siempre.
Murió antes de que pudiera decirle todo lo que necesitaba decirle.
Ayer era mi cumpleaños. Por primera vez desde su muerte, no soportaba la idea de volver a casa, así que salí y terminé en aquel bar.
Entonces la vi.
Estaba sentada sola, con su vestido verde, intentando fingir que la soledad no le importaba. Cuando me dijo que era su cumpleaños y que nadie se había acordado, me recordó a mi madre.
No quería que usted pasara aquella noche como tantas veces la había pasado ella.
Mientras me contaba cosas de su vida, comprendí que detrás de sus sonrisas había un dolor que conocía demasiado bien.
El colgante pertenecía a mi madre. Ella quería que algún día se lo regalara a una mujer que realmente lo necesitara. Anoche comprendí a quién debía entregárselo.
El dinero es simplemente un pequeño regalo de cumpleaños. No es el precio de lo que ocurrió entre nosotros.
Y ahora viene lo más importante: nada de lo que sucedió anoche fue una broma para mí. Me sentí bien a su lado. Pero sé que no le conté toda la verdad sobre mí, y por eso le pido perdón.
Si no quiere volver a verme nunca más, lo comprenderé.
Daniel».
La carta se me cayó de las manos.
Los quinientos dólares estaban sobre la cama, a mi lado, y el colgante dorado brillaba bajo la luz de la mañana.
Lo primero que sentí no fue alegría.
Fue vergüenza.
