Para nuestro 40.º aniversario, mi esposo lo preparó todo como si fuera una celebración: champán, 50 invitados, un comedor privado y un asiento para su amante con un elegante vestido verde. Cuando anunció: “Quiero empezar de nuevo con ella”, todos se volvieron para verme derrumbarme. Yo solo acomodé la servilleta sobre mis piernas y acepté firmar su acuerdo. Él todavía no sabía que la cláusula destinada a proteger su pensión podía dejarlo fuera de una fortuna de 800 millones de pesos.
La propiedad llevaba décadas sin producir ingresos importantes.
Todos los años pagaba sus impuestos con dinero de una cuenta personal que nunca había mezclado con nuestros recursos matrimoniales.
Ricardo siempre se burlaba de aquel terreno.
—Tu abuelo te dejó un montón de piedras.
Abrí el sobre.
La empresa quería adquirir toda la propiedad para desarrollar un enorme complejo de infraestructura energética.
Al principio pensé que había leído mal.
La oferta era de 800 millones de pesos.
Llamé inmediatamente al licenciado Arturo Beltrán, abogado especializado en operaciones inmobiliarias, quien había atendido durante años los asuntos de aquella propiedad.
Después de revisar los documentos y verificar la propuesta, me confirmó que era auténtica.
—Doña Elena, su terreno está justo dentro de una zona estratégica para el proyecto. La empresa ya tiene financiamiento aprobado y quiere cerrar la operación cuanto antes.
Sentí que las piernas me temblaban.
—¿Y Ricardo tendría derecho a ese dinero?
—Debemos revisar sus capitulaciones matrimoniales y el historial de la propiedad. Pero, por lo que me ha mostrado, usted la recibió antes de casarse, jamás la incorporó al patrimonio común y ha mantenido sus gastos separados.