ntht/ Un compañero de mi esposo se rio delante de mí y dijo: “Qué cómodo debe ser quedarse en casa mientras él paga todo”, porque eso era exactamente lo que mi marido llevaba años contando sobre mí. Me quedé helada, pero no lo contradije y decidí esperar el momento correcto. Una semana después, cuando toda su familia estaba sentada en primera fila…

PARTE 1

—Qué vida tan cómoda te das, ¿no? Javier trabaja y tú te quedas en casa sin preocuparte por nada.

Raúl, uno de los compañeros de mi esposo, levantó su copa como si acabara de hacerme un cumplido.

Yo me quedé mirándolo.

Esa misma tarde, tres horas antes de llegar a la cena de fin de año de la firma de arquitectos donde trabajaba Javier, el director nacional de mi empresa me había llamado para felicitarme: la región que yo dirigía había terminado el año con el mayor crecimiento del país.

Tenía dos licenciaturas, coordinaba cuatro ciudades y dieciocho personas dependían directamente de mi área.

Pero frente a mí había un hombre convencido de que yo era una ama de casa mantenida por su esposo.

—¿Javier te dijo eso? —pregunté.

Raúl se encogió de hombros.

—Pues sí. También comentó que nunca habías terminado bien tus estudios. Pero no tiene nada de malo, ¿eh? Mi esposa tampoco trabaja. Javier es de esos hombres que todavía saben mantener una familia.

Sonreí porque no supe qué otra cosa hacer.

Esa noche, de regreso en nuestro departamento de la Ciudad de México, esperé hasta que Javier se acomodó en el sofá.

—¿Qué les cuentas de mí a tus compañeros?

Su expresión cambió apenas.

Cuando le repetí lo que Raúl había dicho, guardó silencio unos segundos.

Después suspiró.

—Lucía, ¿para qué necesitan saber cuánto ganas?

—No estamos hablando de mi sueldo. Les dijiste que no trabajo y que no tengo estudios.

—No exactamente.

—¿Entonces?

Javier terminó admitiéndolo.

Le avergonzaba que yo ganara más que él.

—Tú no entiendes cómo son los hombres en mi oficina. Si saben que mi esposa es directora regional y gana más que yo, van a pensar que soy un mantenido.

—¿Y tu solución fue convertirme a mí en una mantenida?

Se molestó.

Me pidió que no hiciera un drama.

Según él, nuestra vida era buena, llevábamos siete años juntos y aquella mentira no afectaba nuestro matrimonio.

—Sólo déjalo así. En mi ambiente tú ni siquiera estás. No necesitas demostrarle nada a nadie.

Tres días después regresé de un viaje de trabajo a Guadalajara con un contrato importante firmado.

Mientras cenábamos, Javier sonrió y dijo:

—Por cierto, don Ernesto, el vecino del quinto, preguntó si quieres trabajo. En la empacadora de su hermano necesitan gente.

Dejé lentamente mi taza sobre la mesa.

—¿Por qué cree que necesito trabajo?

Javier volvió a encogerse de hombros.

—Porque le dije que estás en casa.

Entonces comprendí que no había mentido sólo en la oficina.

Había construido una versión completa de mí para familiares, vecinos y amigos.

Una mujer sin profesión, sin estudios y sin dinero propio.

Y durante siete años yo había pagado parte del coche, remodelaciones, viajes y muchos de nuestros gastos mientras él recibía las felicitaciones por “mantenerme”.

Esa noche no discutí.

Sólo le dije:

—Está bien, Javier. Dejemos las cosas exactamente como están.

Él sonrió, aliviado, convencido de que había ganado.

Lo que no sabía era que, mientras él volvía a mirar su teléfono, yo ya estaba pensando en veinte asientos de primera fila y en una verdad que muy pronto sería imposible esconder.