PARTE 2
El miércoles a las 9:17 de la mañana, Raúl me llamó 6 veces seguidas mientras yo estaba en una junta.
Salí al pasillo y contesté.
—¿Qué pasó?
—Mariana, necesito que me hagas un favor urgente.
Su voz temblaba.
—Mi papá está en el embarcadero con sus amigos. La tarjeta no pasa.
Miré por la ventana de la oficina.
—Porque está cancelada.
Hubo silencio.
—¿La cancelaste de verdad?
—Te lo dije el sábado.
—Pero él ya había reservado la lancha. Son $12,800. Además, fue por el carrete y tampoco pudo pagarlo. Mariana, transfiéreme unos $25,000 y luego hablamos.
Casi me reí.
—No.
—¡Está con todos sus amigos!
—Entonces que pague él.
—No tiene suficiente dinero.
—Que pagues tú.
Raúl respiró hondo.
—Este mes estoy corto.
—Qué problema.
—Mariana, lo estás humillando por una frase.
Entonces recordé las palabras de su padre.
—Las cazuelas no hacen transferencias, Raúl. Según él, ése es mi verdadero talento.
—No seas infantil.
—¿Infantil?
Abrí la aplicación bancaria desde mi computadora.
Por primera vez revisé con calma los movimientos de aquella tarjeta.
No eran sólo pescas ocasionales.
$8,700 en equipo.
$14,300 en una tienda deportiva.
$6,200 de gasolina en un mes.
$19,800 de hospedaje en una cabaña.
$11,600 en un motor usado.
Restaurantes.
Casetas.
Refacciones.
Alcohol.
En 14 meses: $187,430 pesos.
Sentí un hueco en el estómago.
—Raúl, ¿tu papá sabe que todo esto salió de mi cuenta?
No respondió.
—Te hice una pregunta.
—Él cree que yo lo pago.
—¿Por qué?
Otra pausa.
—Porque… así se dio.
—No. Las mentiras no “se dan”. Alguien las dice.
Raúl terminó confesando algo peor.
Durante casi tres años había dejado que sus padres creyeran que él había comprado conmigo la casa de Valle de Bravo.
Que él cubría los gastos.
Que él financiaba las pescas.
Incluso había presumido frente a su padre que “mantenía bien a su familia”.
—Me daba vergüenza decirle que tú ganas casi cuatro veces más que yo —admitió.
Sentí que algo se rompía.
No por el dinero.
Por haber sido utilizada para fabricar una versión de él mismo en la que yo desaparecía.
Esa tarde llegué temprano a casa.
Sobre la mesa del comedor puse estados de cuenta, escrituras y recibos.
A las 7:40, sonó el timbre.
Raúl entró acompañado de sus padres.
Don Ernesto venía rojo de furia.
—Ahora sí vamos a aclarar quién manda aquí.
Se sentó sin pedir permiso.
Yo empujé una carpeta hacia el centro de la mesa.
—Sí —respondí—. Precisamente para eso los cité.
Don Ernesto abrió la carpeta.
Leyó la primera hoja.
Luego la segunda.
Y cuando vio de dónde había salido realmente el dinero de sus últimos tres años, dejó de hablar.
Pero todavía faltaba mostrarle el documento que iba a cambiar para siempre a esa familia.
