PARTE 3
—¿Qué deuda? —preguntó Mariana, soltando la manija de la maleta.
Rubén abrió la carpeta y señaló una hoja sellada por la notaría.
—Durante la revisión apareció una solicitud reciente para poner el departamento como garantía de un crédito. No llegó a formalizarse, pero en el expediente aparece la firma de los dos copropietarios.
Mariana sintió un vacío en el estómago.
—Yo no solicité ningún crédito.
Rubén levantó la vista hacia Alejandro.
—Eso imaginé cuando la notaría pidió confirmar datos y usted dijo que no reconocía el trámite.
Todo el color abandonó el rostro de Alejandro.
—Seguro fue un error del banco —intervino doña Leticia demasiado rápido.
Mariana la miró.
—Usted sabía.
—¿Yo qué voy a saber?
—Sabía.
Alejandro cerró la puerta para que los vecinos no escucharan.
—Mariana, no armes una película. Era una opción de financiamiento, nada más.
—¿Con mi firma?
—Ni siquiera se concretó.
—¿Con mi firma, Alejandro?
Él apretó la mandíbula. Al final confesó que llevaba meses perdiendo dinero con un negocio de compra y reventa de electrónicos. Había acumulado deudas y pretendía conseguir un préstamo usando el departamento como garantía. Según él, pensaba recuperar el dinero rápido y cancelar todo antes de que Mariana se enterara.
—Solo necesitaba tiempo —dijo—. Me iba a entrar una operación grande.
Mariana soltó una risa seca.
—Llevas cuatro años diciendo lo mismo.
—Porque tú nunca confiaste en mí.
—Yo pagué la hipoteca, el mantenimiento, la luz, el súper y hasta tu seguro médico. Eso no fue falta de confianza. Fue cargar contigo.
Doña Leticia chasqueó la lengua.
—Una esposa ayuda a su marido en las malas.
—¿También falsificando su firma?
La suegra bajó los ojos.
Entonces Mariana recordó unos documentos que Alejandro había querido hacerle firmar dos semanas antes. Le dijo que eran una “actualización bancaria”. Ella vio espacios en blanco y se negó. Él se enfureció.
Ahora todo encajaba.
—¿Para eso querías mi firma?
Alejandro no respondió.
El coraje que sintió Mariana fue distinto. Ya no se trataba de desayunos, platos rotos ni una suegra invadiendo su baño. Habían intentado comprometer el patrimonio que ella había sostenido durante años.
Rubén cerró la carpeta.
—La transmisión de su parte ya quedó inscrita. Este intento de crédito no se formalizó. Pero yo, en su lugar, pediría copia del expediente y revisaría esa firma con una abogada.
—¡Cancela la venta! —exigió Alejandro—. ¡Estás destruyendo nuestra casa por una pelea con mi mamá!
Mariana lo miró con una calma que lo desarmó.
—Nuestra casa la destruiste cuando decidiste que yo era una cartera, una cocinera y una firma que podías copiar.
Doña Leticia comenzó a llorar.
—Yo solo quería que mi hijo saliera adelante. Tú ganas bien, no tienen hijos, ¿qué te costaba apoyarlo un poco más?
Ese comentario dolió porque Mariana lo había escuchado demasiadas veces. Como si no tener hijos significara que su tiempo, su cansancio y su dinero valieran menos.
—Me costó cuatro años de mi vida —respondió—. Y todavía querían más.
Tomó su maleta.
Alejandro intentó sujetarla del brazo, pero ella se zafó.
—No vuelvas a tocarme.
Él la soltó.
—Mariana, hablemos. Les regreso el dinero.
—No tienes dinero para devolverles.
La frase lo dejó inmóvil.
Rubén y su familia comenzaron a meter cajas. Doña Leticia se plantó frente a ellos.
—¡La sala es mía! ¡Yo duermo ahí!
Patricia, la esposa de Rubén, respondió con firmeza:
—No venimos a quitarle sus cosas. Pero compramos una copropiedad y vamos a usar el inmueble. Si todos respetamos reglas, podremos convivir.
Era exactamente la palabra que Leticia nunca había querido escuchar cuando Mariana la decía: reglas.
Alejandro siguió a su esposa hasta el elevador.
—¿A dónde vas?
—A un departamento rentado. Después me entregan el mío.
—¿Compraste otro?
—Ayer di el apartado.
—Ese dinero también es mío. Estamos casados.
—Nos casamos por separación de bienes y mi cincuenta por ciento estaba escriturado a mi nombre. Ya lo revisé con una abogada.
Ahí terminó de derrumbarse.
Durante años Alejandro se había burlado porque Mariana leía cada contrato antes de firmar. Ahora esa costumbre era lo que la protegía.
—Entonces ya tenías todo planeado.
—Desde el día en que tu mamá tiró mis cosas del baño y tú me dijiste que, si no me gustaba, me fuera. Ese día entendí que esperabas que yo cediera siempre.
—Pero no pensé que de verdad te fueras.
—Ese fue tu error.
Mariana bajó sola.
En el estacionamiento lloró por primera vez.
No fue de felicidad. Fue de rabia y duelo.
Había amado a Alejandro. Cuando él perdió el empleo, lo sostuvo porque creyó que eso significaba ser pareja. El problema no fue ayudarlo. El problema fue que él convirtió la ayuda en obligación. Después llegó su madre y entre los dos fabricaron una realidad donde Mariana era egoísta por pedir límites dentro de su propia casa.
