PARTE 2
A las ocho y media de la mañana, Mariana salió vestida para irse definitivamente. Doña Leticia ya estaba en la cocina pasando arroz, frijol y azúcar a frascos de vidrio, como si el departamento fuera suyo.
—¿Y esa maleta? —preguntó con una sonrisa burlona—. ¿Te vas a hacer la digna con alguna amiga?
—Me voy a mi nueva casa.
Leticia dejó caer una cuchara.
Alejandro apareció en pants, todavía medio dormido.
—Si vas a hacer drama, hazlo rápido. Deja las llaves y no regreses cuando se te acabe el coraje.
Mariana tomó café y preguntó:
—¿Nunca abriste el aviso de la notaría?
Él frunció el ceño.
—¿Cuál aviso?
—El que recibiste hace unas semanas. El que decía que yo iba a vender mi cincuenta por ciento y que, por ser copropietario, tenías prioridad para comprarlo.
Alejandro palideció apenas.
Recordó un sobre que había firmado de recibido y luego tiró a la basura. Había visto palabras como “enajenación”, “copropiedad” y “derecho preferente”. Pensó que Mariana intentaba asustarlo.
—Estás mintiendo —dijo—. Nadie compraría tu parte.
—Alguien sí.
El timbre sonó.
Tres golpes secos.
Alejandro abrió.
En el pasillo había un hombre corpulento de unos 45 años, una mujer de cabello rojizo, dos adolescentes cargando cajas y un bulldog francés que jadeaba sentado sobre una cobija. Detrás de ellos había maletas, bolsas de supermercado y hasta un ventilador.
—Buenos días —dijo el hombre—. Soy Rubén Salgado. Compré la participación de la señora Mariana.
Alejandro se quedó inmóvil.
Rubén le entregó una carpeta con copias de la escritura, el contrato y la inscripción correspondiente.
—Desde ayer somos copropietarios. Mi familia y yo vamos a instalarnos.
—¡Ni madres! —explotó Alejandro—. Esta es mi casa.
—La mitad es suya —respondió Rubén—. La otra mitad ya no.
Doña Leticia salió al pasillo y, al ver al perro, casi gritó.
—¡Alejandro, sácalos! ¡Yo duermo en la sala!
La esposa de Rubén miró hacia dentro.
—Pues tendremos que organizarnos, porque nosotros también tenemos derecho de uso.
Uno de los muchachos asomó la cabeza.
—Papá, está enorme la tele.
Alejandro volteó hacia Mariana con una expresión que ella nunca le había visto: miedo.
—¿Qué hiciste?
Mariana tomó la maleta.
—Lo que dijiste que era imposible.
Entonces Rubén agregó algo que hizo que Alejandro dejara de respirar por un segundo:
—Y antes de mudarnos, necesitamos hablar de la deuda del crédito, porque en los documentos que nos entregaron aparece un problema que usted tampoco parece conocer.
Mariana se detuvo junto a la puerta.
Eso no estaba en el plan.
Y por primera vez aquella mañana, la sorpresa también fue para ella.
