PARTE 1
—Desde que tú llegaste, mi hijo dejó de ser un hombre de verdad. Tú lo alejaste de su hermano y lo pusiste en contra de su propia madre —escupió Patricia, mirando a Daniela como si fuera una intrusa en su propia casa.
Daniela no respondió de inmediato. Había escuchado palabras parecidas demasiadas veces en su vida.
Había crecido en un pequeño poblado de Guanajuato donde su padre, Rogelio Hernández, repetía que una mujer decente debía obedecer primero a su padre y después a su marido. Su madre, Elena, nunca lo contradijo.
En aquella casa, el mejor pedazo de carne era para Rogelio. Si había poco dinero, los hijos comían frijoles mientras él cenaba bistec. Elena cocinaba, lavaba, cuidaba animales y trabajaba en el pequeño terreno familiar. Rogelio volvía de trabajar, se sentaba frente al televisor y daba órdenes.
Daniela aprendió muy pronto que discutir solo empeoraba las cosas.
Su hermano mayor, Carlos, absorbió cada una de las ideas de su padre.
—Tú no necesitas universidad —le decía—. Vas a casarte. ¿Para qué gastar tantos años estudiando?
Pero Daniela tenía un plan que nadie conocía.
Estudiaba de madrugada, cuando todos dormían. Una maestra de preparatoria descubrió su talento y la ayudó a preparar el examen para ingresar a una universidad pública en León.
Poco antes de terminar la escuela, Rogelio murió repentinamente de un infarto.
Daniela creyó que, por primera vez, podría decidir su propia vida.
Se equivocó.
Carlos ocupó inmediatamente el lugar de su padre.
Revisaba a qué hora salía, con quién hablaba y hasta qué ropa usaba. Elena, incapaz de tomar decisiones después de tantos años dependiendo de su marido, apoyaba al hijo en todo.
Cuando Daniela recibió la noticia de que había sido aceptada en la universidad, esperó hasta tener su inscripción asegurada para contarlo.
Carlos soltó una carcajada.
—¿Quieres estudiar? Perfecto. Pero no esperes 1 peso de nosotros.
—Conseguí beca.
—¿Y la comida? ¿El transporte? ¿Dónde vas a vivir?
Daniela apretó los dientes.
—Voy a trabajar.
Carlos señaló la puerta.
—Entonces vete. Pero si cruzas esa puerta para hacer lo que se te dé la gana, después no regreses llorando cuando descubras que teníamos razón.
Elena estaba a 2 metros de distancia.
Daniela esperó que su madre dijera algo.
Cualquier cosa.
Pero Elena bajó la mirada.
Daniela entró a su cuarto, metió su ropa en 2 bolsas y salió de la casa donde había vivido toda su vida.
Lo último que escuchó antes de cerrar la puerta fue la voz de Carlos:
—Una mujer sola en la ciudad no dura ni 6 meses.
Daniela todavía no sabía que años después otra familia volvería a acusarla exactamente de lo mismo: de no saber ocupar “el lugar de una mujer”.
Y nadie podía imaginar lo que estaba a punto de pasar…
