PARTE 4
—Debí hacerlo hace años.
Mientras tanto, yo estaba en nuestro departamento de Ciudad de México.
Después de acostar a Diego, me senté en la cocina con una taza de café que ya se había enfriado.
No podía dormir.
Abrí la aplicación del banco, revisé mis ahorros y después busqué mentalmente todas las cosas que tendría que resolver si Mauricio decidía apoyar a su madre.
El departamento donde vivíamos era de ambos, pero yo todavía conservaba el pequeño inmueble que había comprado antes del matrimonio y que actualmente rentábamos.
Podía regresar ahí.
Podía mantener a Diego.
Podía continuar trabajando.
Eso no significaba que quisiera divorciarme.
Amaba a Mauricio.
Pero había descubierto algo importante: lo amaba, sí, aunque no lo suficiente para pasar el resto de mi vida siendo humillada en silencio.
Durante años había evitado contarle muchas cosas.
Cuando Teresa criticaba mi ropa, callaba.
Cuando decía que una mujer “con poca preparación” debía sentirse afortunada de encontrar un hombre como su hijo, callaba.
Cuando entraba a nuestro departamento y cambiaba cosas de lugar porque “así se veía mejor”, callaba.
Cuando me cuestionaba por haber tardado tres años en darle un nieto, callaba.
Yo misma me había convencido de que guardar silencio era proteger mi matrimonio.
Esa noche entendí que quizá estaba haciendo lo contrario.
A las cuatro y media de la madrugada escuché la cerradura.
Me incorporé de golpe.
Mauricio entró al dormitorio sin encender la luz.
Se quitó los zapatos, se acostó a mi lado y me abrazó.
Yo permanecí inmóvil.
—Mi mamá ya no va a venir sin avisar —susurró.
No respondí.
—Y no volverá a entrar a nuestro departamento si tú no estás de acuerdo.
Seguía sin decir nada.
Mauricio apoyó la frente contra mi hombro.
—Perdóname.
Esa palabra me desarmó más que cualquier explicación.
Me giré.
—¿Qué pasó?
—Hablamos.
—¿Y?
—Le dije que no voy a permitir que vuelva a tratarte así.
Lo miré, intentando descubrir si solo estaba diciendo lo necesario para tranquilizarme.
—¿Y qué te respondió?
—Que tú ganaste.
Solté una risa amarga.
—Claro.
—Le dije que no se trata de ganar.
Mauricio encendió la lámpara.
Parecía agotado.
—Ana, encontré el cuaderno de Diego.
Sentí vergüenza.
—¿Qué escribió?
—Que mi mamá te despertó cuando estaba oscuro porque quería desayuno.
Me cubrí la cara.
—No quería que él escuchara.
—Pero escuchó.
Mauricio tomó mis manos.
—Ahí me cayó el veinte.
—¿De qué?
—De que mientras yo pensaba que estaba evitando problemas, te estaba dejando sola con ellos.
Eso era exactamente lo que había sentido durante años, pero escucharlo en voz de mi esposo me hizo llorar.
No con desesperación.
Con cansancio.
—Yo nunca quise obligarte a elegir entre tu mamá y yo.
—Lo sé.
—Por eso no te contaba todo.
—Ese fue mi error. Hice que sintieras que tenías que protegerme de la verdad para que yo no me molestara.
Negué con la cabeza.
