PARTE 1
—Ustedes ya no necesitan esta comida; en mi casa sí somos una familia grande —dijo mi suegra frente a todos, mientras vaciaba las charolas del homenaje de mi padre dentro de bolsas negras.
Durante varios segundos nadie reaccionó. Los antiguos compañeros de mi papá dejaron de hablar. Mi hermana Verónica apretó los puños. Yo permanecí inmóvil, todavía con el vestido negro húmedo por la lluvia del panteón, mirando cómo Teresa guardaba el mole, el arroz, los bolillos y hasta los recipientes de agua de jamaica como si estuviera recogiendo mercancía después de una fiesta.
Tres días antes, mi padre, Ernesto Salgado, había muerto mientras dormía en su casa de Guadalajara. Un derrame cerebral se lo llevó sin darme oportunidad de despedirme. Desde entonces yo caminaba como si alguien hubiera apagado el sonido del mundo.
Mi esposo Mauricio se encargó de las llamadas y del trámite funerario, pero cada vez que su madre criticaba algo, él bajaba la mirada.
—Ese ataúd está demasiado caro.
—¿Para qué contratar un salón privado?
—Con café y pan en la casa era suficiente.
Yo había pagado todo con mis ahorros. Aun así, Teresa les decía a los familiares que yo estaba desperdiciando “la herencia de mi padre”. También preguntó por el testamento antes de que entregaran el cuerpo y revisó los muebles del departamento como si ya estuvieran en venta.
En el restaurante, mientras los amigos de papá compartían recuerdos, ella se quejó del pollo, de las porciones y hasta del precio de las servilletas. Cuando le pedí que respetara el momento, se llevó una mano al pecho y acusó delante de todos:
—Mi hijo se va a quedar en la ruina por mantener a una mujer que no sabe cuidar el dinero.
Mauricio corrió a sostenerla. Ni siquiera se sentó a mi lado.
Pensé que aquello era lo peor, hasta que, al terminar la comida, Teresa volvió sola con seis bolsas reutilizables y comenzó a llevarse todo. No pidió permiso. No miró a nadie. Solo repetía que en su casa había más bocas que alimentar.
Entonces recordé el sobre que había encontrado esa mañana detrás de los documentos de mi padre. Dentro había transferencias bancarias, pagarés y una memoria USB con la voz de Teresa.
Me acerqué a ella y le susurré:
—No deje ninguna bolsa. Acabo de pedirles a todos que regresen al salón para escuchar por qué mi padre murió creyendo que usted le debía casi trescientos mil pesos.
Teresa se quedó blanca.
Y cuando la puerta volvió a abrirse, entendí que el funeral de mi padre apenas era el principio.
