PARTE 1
—No somos una guardería gratuita, Karla. Y esta vez no voy a fingir que no pasa nada.
Le arrebaté el teléfono a Rodrigo antes de que pudiera volver a decirle a su hermana que sí. Eran las siete y media de la mañana de un sábado y yo ya tenía el estómago hecho nudo.
—Mariana, yo no te estoy pidiendo el favor a ti —respondió Karla, ofendida—. Pásame a mi hermano.
—Vivimos en la misma casa. Si dejas aquí a tus hijos, también me lo estás pidiendo a mí.
Rodrigo permaneció junto a la ventana, mirando hacia la calle. Ese silencio me molestó más que la voz de su hermana.
—Además —continué—, ¿qué documentos son esos que tu mamá anda preparando para que cualquiera pueda recoger a Emiliano y a Mateo de la escuela o llevarlos al médico?
Hubo una pausa.
—Mi mamá exagera todo. Ya sabes cómo es.
Colgué.
Tres horas después sonó el timbre.
Karla estaba afuera con un vestido rojo, tacones, dos mochilas enormes y sus hijos de ocho y cinco años.
—¡Me salvan la vida! —dijo, empujándome las mochilas—. Aquí tienen comida, ropa, juguetes. Regreso antes de las doce.
—Karla, nadie dijo que sí.
Pero el elevador ya se estaba cerrando.
A las dos de la tarde Emiliano había pintado una esquina de la pared con plumones, Mateo lloraba porque quería a su mamá y Rodrigo se había refugiado detrás de unos audífonos mientras yo intentaba terminar un diseño que debía entregar ese mismo día.
Entonces llamó a la puerta doña Lupita, nuestra vecina del piso de abajo.
—¿Todo bien, Mariana? Se escucha como fiesta infantil.
Le expliqué.
La mujer frunció el ceño.
—¿Que tu cuñada tenía una urgencia? Pues hace una hora la vi en la cafetería de la esquina. Estaba con otra mujer, riéndose, tomando café y comiendo pastel.
Sentí que me ardía la cara.
Karla apareció hasta las seis.
—Perdón, la clínica estaba llenísima…
—Te vieron en una cafetería.
Por primera vez dejó de sonreír.
Luego se encogió de hombros.
—¿Y qué? También tengo derecho a respirar. Desde que murió Javier vivo pegada a los niños.
—Entonces contrata a alguien. No me mientas para obligarme a cuidarlos.
Rodrigo salió al pasillo justo cuando comenzábamos a gritarnos.
Antes de que pudiera intervenir, llegó Teresa, mi suegra, cargando un pastel, tres juguetes nuevos y una delgada carpeta de piel.
—Qué lástima que los niños ya se vayan —dijo, acomodando los juguetes sobre nuestro sofá—. Déjenlos aquí. Total, van a necesitarlos cuando pasen más tiempo con ustedes.
La miré.
—¿Más tiempo cuánto?
Teresa apretó la carpeta contra su pecho.
—Lo suficiente para que se acostumbren.
Volteé hacia Rodrigo.
Él bajó los ojos.
Y en ese instante entendí que mi marido sabía algo que nadie había querido contarme.
Todavía no podía imaginar hasta dónde estaban dispuestos a meterse en nuestra vida.
