PARTE 3
—¿Quieres ir a verla?
—No sé.
Javier se sentó frente a ella.
—Entonces no decidas por el departamento. Decide por ti.
Aquella frase la acompañó durante varios días.
Mateo, que ya tenía 19 años, se enteró inevitablemente.
—¿Mi abuela está muy mal?
—Sí.
—¿Vas a verla?
—Todavía no sé.
Mateo bajó la mirada.
Él sí recordaba a Graciela.
Recordaba sus comentarios sobre su peso, sus calificaciones, su manera de vestir. Recordaba el día de la comida para perro y las discusiones en la puerta.
Pero también recordaba una tarde en que ella le había enseñado a jugar dominó.
Las personas difíciles también dejan recuerdos buenos.
Eso era lo que volvía todo más complicado.
—Si vas —dijo Mateo—, no significa que tengas que perdonarla.
Patricia lo miró sorprendida.
Su hijo se encogió de hombros.
—Tú siempre me dijiste que ayudar a alguien y dejar que te haga daño son cosas diferentes.
La frase salió de la boca de Mateo con tanta naturalidad que Patricia sintió un nudo en la garganta.
Toda su vida había temido convertirse en Graciela.
Quizá aquella era la primera prueba de que no lo había hecho.
Una semana después viajó sola a Saltillo.
No avisó a su madre.
La residencia estaba en una colonia tranquila. No era lujosa, pero tampoco aquel lugar oscuro que Graciela describía por teléfono a los familiares. Había jardín, comedor, enfermería y habitaciones compartidas.
Una trabajadora social recibió a Patricia.
—Su mamá pregunta mucho por usted.
—Me imagino.
—También se enoja mucho.
Eso también podía imaginarlo.
—¿Cómo está realmente?
La mujer revisó la información que podía compartirle con autorización de Graciela.
Había perdido bastante movilidad después de una complicación vascular y necesitaba apoyo para desplazarse. Su estado era delicado, pero estable. No estaba agonizando.
Patricia agradeció en silencio que nadie hubiera utilizado una enfermedad terminal como chantaje.
Por primera vez en años, podía tomar una decisión sin urgencia.
Cuando entró a la habitación, Graciela estaba junto a la ventana en una silla de ruedas.
Había envejecido muchísimo.
Su cabello, antes teñido de negro, era casi completamente blanco.
Patricia sintió dolor.
Pero también miedo.
El miedo antiguo de volver a tener 24 años.
Graciela giró la cabeza.
Durante unos segundos ninguna habló.
Luego su madre dijo:
—Así que sí sabías venir.
Patricia estuvo a punto de marcharse.
Ni “hola”.
Ni “qué bueno que viniste”.
Ni una lágrima.
La misma frase afilada de siempre.
—Vine porque quería verte —respondió.
—Después de desaparecer y esconderte como una delincuente.
—Nos fuimos para tener paz.
—Se llevaron a mis nietos.
—Mis hijos no eran tuyos.
—También eran mi familia.
Patricia respiró profundamente.
—La familia no es una llave que te permite entrar a cualquier casa.
Graciela miró hacia la ventana.
—Tu tía te contó lo del departamento.
—Sí.
Entonces sonrió.
Una sonrisa pequeña, casi satisfecha.
—No vas a recibir nada.
—Lo sé.
—Pensé que vendrías antes cuando te enteraras.
Patricia sintió que aquella frase finalmente revelaba todo.
No se trataba del dinero.
El testamento había sido otro anzuelo.
Otra manera de obligarla a regresar.
—¿Por eso lo hiciste?
Graciela no respondió.
—¿Cambiaste el testamento esperando que yo viniera a rogarte?
—Era una forma de saber si todavía te importaba tu madre.
—No. Era una forma de saber si todavía podías controlarme.
Graciela se puso rígida.
—Siempre fui una mala madre para ti.
—Muchas veces sí.
—Te di techo.
—Y después me lo quitaste en una noche fría con Mateo de meses.
