PARTE 2
—No vas a vivir con nosotros —dijo Javier aquella misma noche.
Graciela soltó una carcajada.
—Ni que quisiera. Voy a vender mi departamento y comprar una casa cerca. Una madre tiene derecho a estar cerca de su hija y sus nietos.
Cada vez que Patricia intentaba negarse, Graciela encontraba otra forma de presionarla.
Si no la dejaban entrar, esperaba afuera y hablaba con los vecinos.
—Imagínese, vengo desde Coahuila a ver a mi hija y ni un vaso de agua me ofrecen.
La primera vez Javier abrió la puerta por vergüenza.
Fue un error.
Graciela entró examinándolo todo.
—¿Estas paredes las escogieron ustedes? Qué gusto tan raro.
Patricia cerró los ojos.
—Mamá, no empieces.
—¿Todavía te acuerdas de aquel papel tapiz horrible?
—Me acuerdo más de que nos echaste con Mateo bebé.
—Ay, Patricia. Siempre exagerando.
Luego cambió de tema como si nada.
—Por cierto, ya pregunté precios de casas por esta colonia.
El estómago de Patricia se cerró.
Al día siguiente, ella y Javier regresaron de trabajar y Sofía corrió a recibirlos.
—La abuela está cocinando.
Patricia se quedó paralizada.
—¿Cómo entró?
—Mateo le abrió.
En la cocina, Graciela revolvía una olla.
—Por fin llegan. Sus pobres hijos estaban solos y sin comida.
—Tenían dinero para comer después de clases —respondió Patricia.
—Gran madre. Les das dinero para que coman afuera.
Javier señaló la puerta.
—Usted no puede venir cuando quiera.
—Ay, bigotón, no empieces.
—Mi nombre es Javier.
Graciela ignoró el reclamo.
Sirvió 4 platos.
Mateo observó aquella mezcla de pasta, papa y trozos de carne con expresión extraña.
—Yo no quiero.
—En el norte no criamos muchachos delicados —respondió su abuela.
Sofía acercó el plato a la nariz y lo apartó.
Patricia probó apenas la salsa.
—Mamá… ¿qué carne usaste?
—Una lata que encontré barata.
Javier abrió el bote de basura buscando el envase.
Lo levantó.
Su rostro cambió.
—Patricia.
Ella leyó la etiqueta.
Era alimento húmedo para perro.
—Mamá… ¿qué hiciste?
Graciela palideció.
—No puede ser. Estaba junto a las latas de carne. Pensé que era guisado.
—¡Pudiste habérselo dado a mis hijos!
—No pasó nada.
Aquellas 3 palabras fueron suficientes.
Patricia tomó el bolso de su madre y lo puso junto a la puerta.
—Fuera.
Graciela intentó discutir, pero Javier abrió.
—Salga.
—¿Van a echar a una mujer mayor a la calle por una equivocación?
Patricia sintió que le temblaban las manos.
—Tú me echaste con un bebé por cambiar unas cortinas. Nosotros te estamos pidiendo que salgas porque entraste sin permiso y casi alimentas a nuestros hijos con algo que ni siquiera sabías qué era.
Graciela golpeó la puerta durante varios minutos después de que la cerraron.
Sólo se fue cuando Javier avisó que llamaría a la policía si continuaba.
Esa noche Patricia dijo algo que llevaba años evitando.
—Tenemos que irnos.
—¿De nuestra propia casa?
—Si compra aquí cerca, esto no va a terminar nunca.
Javier sabía que tenía razón.
Mateo estaba por terminar la preparatoria y quería estudiar en Querétaro. Decidieron esperar su admisión y, si todo salía bien, mudarse los 4.
No le dirían la dirección a nadie.
Pero Graciela aún tenía una última carta.
Al día siguiente esperó a Patricia afuera de su trabajo.
—Ayúdame a vender mi departamento —le pidió—. Compro una casa aquí y después te la dejo a ti.
—No quiero tu casa.
—Cuando me muera será para ti.
—No quiero nada tuyo.
El rostro de Graciela cambió.
—Entonces te saco del testamento.
Patricia siguió caminando.
—Haz lo que quieras.
—¡Voy a hablar con tu jefa! ¡Le voy a decir cómo abandonas a tu madre!
Patricia no se volvió.
Meses después Mateo fue aceptado en la universidad.
La familia vendió la casa y se mudó a Querétaro casi en silencio.
Ningún familiar recibió la dirección exacta.
Durante 1 año tuvieron paz.
Hasta que una tarde Patricia recibió la llamada de una tía.
Graciela había sufrido una enfermedad grave. Apenas podía caminar y necesitaba ayuda para casi todo.
Su hermana menor la había acogido.
Sólo soportó 29 días.
Después comenzó el trámite para ingresarla en una residencia de cuidados.
—Patricia —dijo su tía por teléfono—, tu mamá no deja de preguntar dónde vives.
Patricia miró a Javier.
Y entonces escuchó algo que no esperaba.
—También cambió sus papeles. Dice que, si tú no vuelves, va a asegurarse de que jamás recibas ni un peso.
Patricia creyó que aquello no podía dolerle.
Pero todavía faltaba conocer lo que Graciela había hecho con su departamento… y la última pregunta que obligaría a Patricia a decidir qué clase de hija quería ser.
PARTE 3
Durante 3 noches, Patricia casi no durmió.
No era el departamento.
Ni el dinero.
Ni siquiera la amenaza de quedar fuera de un testamento que jamás había esperado recibir.
Era aquella palabra.
Mamá.
Durante toda su vida había aprendido que esa palabra podía significar dos cosas completamente distintas.
Para algunas personas era refugio.
Para Patricia había sido una puerta que podía abrirse para recibirla o cerrarse en su cara dependiendo del humor de Graciela.
Cuando su tía Rosa volvió a llamar, Patricia salió al patio para que sus hijos no escucharan.
—Ya encontraron lugar para tu mamá —explicó Rosa—. Es una residencia privada sencilla, pero parte del costo se cubrirá con su pensión. Yo no puedo seguir cuidándola.
Patricia no la culpó.
Rosa tenía 68 años, artritis y un esposo con problemas cardiacos. Había pasado casi 1 mes levantando a Graciela de la cama, cocinando, soportando insultos y escuchándola repetir que nadie sabía hacer las cosas correctamente.
—¿Por qué no contratan a alguien?
Rosa suspiró.
—Porque ella no quiere gastar.
Aquello sí sonaba a su madre.
—Tiene ahorros.
—Sí.
—Tiene departamento.
Hubo un silencio.
—Sobre eso quería hablar contigo.
Patricia se apoyó contra la pared.
—¿Qué hizo?
—Firmó un testamento nuevo con un notario hace unos meses, cuando todavía estaba mucho mejor. Dejó instrucciones sobre la propiedad.
—¿A quién se la dejó?
—A ti no.
Patricia sonrió con tristeza.
—Eso ya me lo había anunciado.
—Dijo que prefería que, cuando muriera, el inmueble se vendiera y los recursos fueran donados a una institución municipal de asistencia. Según ella, así “al menos servirían para alguien agradecido”.
Patricia cerró los ojos.
La frase era tan propia de Graciela que casi podía escucharla pronunciándola.
—Está bien.
—¿Está bien?
—Es suyo.
—Paty, eres su única hija.
—Precisamente.
Cuando terminó la llamada, Javier la encontró sentada en una silla del patio.
—¿Qué pasó?
Patricia se lo contó.
Él no dijo nada durante unos segundos.
