“Diles que estoy bien y que les deseo paz.”
Esa noche se lo contó a Andrea.
—¿Te alegra que esté sufriendo? —preguntó ella.
Daniel pensó antes de contestar.
—No. Me alegra no estar ahí para que me arrastre con ella.
Andrea tomó su mano.
—Eso significa que ya sanaste más de lo que crees.
Al cumplirse un año de aquella cena en casa de los Herrera, Daniel y Andrea viajaron a la costa de Nayarit. No era un viaje lujoso. Rentaron una pequeña cabaña, caminaron por la playa y comieron pescado zarandeado en un restaurante familiar.
Al atardecer, Andrea se quedó mirando el mar.
—¿Todavía piensas en lo que pasó?
—A veces.
—¿Con tristeza?
—Como una lección.
—¿Cuál?
Daniel respiró el aire salado.
—Que el amor no debería hacerte demostrar cuánto dolor puedes soportar. Tampoco debería pedirte que pierdas tu dignidad para conservar a alguien.
Andrea apoyó la cabeza en su hombro.
—Entonces aprendiste lo importante.
