ntht/ Mi marido sabía que su madre estaba repartiendo mi ropa y aun así me miró a la cara para decir: “Son solo trapos, deja de hacerte la víctima”. Ese día entendí que no tenía un esposo, sino un cobarde pegado a las faldas de su madre. No dije una palabra

PARTE 3

A las cinco de la tarde ya no quedaba prácticamente nada mío en aquella casa.

Los cargadores habían desmontado el sofá con cuidado, protegido la televisión con cartón y plástico, enrollado la alfombra y guardado la mesa de centro entre mantas gruesas.

Después retiraron las cortinas que yo había mandado hacer a la medida.

También me llevé las dos lámparas de piso, los cuadros que había comprado en Tlaquepaque, las macetas decorativas y una consola estrecha que Teresa presumía cada vez que recibía visitas.

No toqué nada que no fuera mío.

Ni una silla.

Ni un vaso.

Ni un adorno comprado por ella.

Tenía facturas, fotografías y estados de cuenta de cada cosa que estaba retirando.

Cuando los hombres terminaron, me quedé parada en medio de aquella sala y apenas la reconocí.

Antes de que Diego y yo llegáramos, Teresa tenía un sofá viejo color café, una televisión pequeña y un mueble enorme de madera que llevaba décadas en la familia.

El sofá viejo había terminado meses atrás en casa de una de sus hermanas.

La televisión se la había regalado Teresa a un sobrino porque, según ella, “ya teníamos una mejor”.

Ahora solo quedaban el mueble antiguo, dos sillas del comedor que habían arrastrado hacia la sala durante la mudanza y una pared clara donde podía verse el rectángulo más limpio que había dejado la pantalla.

Parecía otra casa.

O, mejor dicho, volvía a parecer la casa que era antes de que mi dinero la transformara.

Subí a la recámara.

Guardé mi ropa, mis zapatos, mis documentos, mis cosméticos y hasta mis libros.

Por primera vez no dejé ni una liga para el cabello.

Sobre la cama quedó únicamente una almohada de Diego.

Había rentado un departamento dos días antes, después de hablar con Fernanda. No era enorme, pero tenía mucha luz, dos habitaciones y un pequeño balcón desde donde se veían las copas de los árboles.

La renta podía pagarla perfectamente.

Lo que más me gustaba era algo que ninguna inmobiliaria anunciaba:

allí nadie tendría derecho a abrir mi clóset.

Antes de salir dejé mis llaves sobre la mesa de la cocina.

Junto a ellas puse una hoja.

Escribí:

“Son solamente cosas. Yo puedo comprar otras. Ustedes también.”

Después añadí:

“Diego, el lunes hablaré con un abogado.”

No necesitaba escribir nada más.

Mi teléfono comenzó a sonar cuando los cargadores apenas terminaban de acomodar el sofá en mi nuevo departamento.

Diego.

Lo dejé sonar.

Otra llamada.

Luego Teresa.

Después otra vez Diego.

En menos de diez minutos tenía diecisiete llamadas perdidas.

Llegaron los mensajes.

“¿DÓNDE ESTÁS?”

“¿QUÉ HICISTE?”

“¿DÓNDE ESTÁ LA TELEVISIÓN?”

“MI MAMÁ ESTÁ MAL.”

“MARÍANA, CONTESTA AHORA MISMO.”

Finalmente acepté la llamada.

—¿Qué demonios hiciste? —gritó Diego.

Alejé el celular de mi oído.

Al fondo escuchaba la voz de Teresa.

—¡Nos robó! ¡Dile que voy a llamar a la policía!

—Llámala —respondí.

Hubo un silencio.

—¿Qué?

—Que llamen a la policía si quieren. Tengo las facturas de todo. El sofá lo pagué yo. La televisión también. La alfombra, las cortinas, la mesa, las lámparas… todo.

—¡Pero estaban en casa de mi mamá!

—Mis vestidos también estaban en casa de tu mamá.

Diego bajó la voz.

—Mariana, no compares.

—¿Por qué no?

—Porque esos muebles los usamos todos.

Me reí.

No pude evitarlo.

—Exactamente. Y mi ropa aparentemente también la usaban todos.

—Estás actuando como una niña.

—No, Diego. Una niña habría hecho un berrinche. Yo hice una mudanza.

Entonces Teresa tomó el teléfono.

—¡Desagradecida! —gritó—. Después de todo lo que hice por ti.

—¿Qué hizo por mí, Teresa?

—¡Te abrí las puertas de mi casa!

—Y yo contribuí con gastos durante años.

—Eso era lo mínimo.

Ahí estaba.

La frase que explicaba todo.

Lo mínimo.

Mi dinero era “lo mínimo”.

Mis muebles eran para todos.

Mi ropa podía regalarse.

Mi privacidad era una ofensa.

Pero cualquier límite que yo intentara poner era egoísmo.

—Quiero mi sala de vuelta mañana —ordenó Teresa.

—No.

—¿Cómo que no?

—No es su sala.

Escuché un jadeo indignado.

—¡Lleva tres años aquí!

—Y mi vestido llevaba cuatro años conmigo. Eso no lo convirtió en suyo.

Diego recuperó el teléfono.

—Ya estuvo, Mariana. Regresa las cosas y hablamos.

—No voy a regresar.

—¿Esta noche?

—Nunca.

El silencio al otro lado fue tan profundo que por primera vez tuve la sensación de que Diego comenzaba a entender.

—¿Qué estás diciendo?

—Que me fui.

—No puedes terminar un matrimonio por un vestido.

—No estoy terminando nuestro matrimonio por un vestido.

Respiré.

—Lo termino porque permitiste durante años que tu madre me faltara al respeto. Porque cada vez que reclamé, me hiciste sentir culpable. Porque sabías que regalaría ese vestido y le diste permiso para disponer de algo que ni siquiera era tuyo.

Diego tardó en contestar.

—¿Revisaste mi teléfono?

—El mensaje apareció en la pantalla.

Otra pausa.

—Mamá me preguntó y yo pensé que no te importaría tanto.

—Eso es exactamente lo que pasa contigo, Diego. Nunca piensas que algo me importará mientras quien salga beneficiada sea tu mamá.

—No seas injusta.

—¿Injusta?

Me senté en mi sofá.

Mi sofá.

En mi sala.

En mi casa nueva.

—Durante tres años vi desaparecer mis cosas. ¿Recuerdas los zapatos negros?

—Mariana…

—Tu mamá se los dio a Daniela.

—Eran unos zapatos.

—¿La bolsa azul?

—No sé.

—A tu tía Patricia. ¿La mascada de seda que me regaló mi papá?

Diego no respondió.

—Tu mamá dijo que la había prestado. Nunca volvió.

—Te compraré otra.

Esa frase me hizo cerrar los ojos.

—No entiendes nada.

—Entonces explícame qué quieres.

—Respeto.

—Te respeto.

—Una persona que te respeta no decide qué cosas tuyas puedes perder.

Diego intentó negociar.

Primero prometió recuperar el vestido.

Después aseguró que hablaría seriamente con Teresa.

Luego dijo que podríamos buscar departamento inmediatamente.

Finalmente, cuando notó que nada funcionaba, comenzó a acusarme.

Que yo estaba destruyendo la familia.

Que estaba reaccionando impulsivamente.

Que seguramente Fernanda me había llenado la cabeza de ideas.

Que ningún matrimonio perfecto existía.

Lo escuché durante varios minutos.

—Diego, mañana te enviaré los datos de la abogada.