PARTE 3
—Es mi hijo el que viene en camino.
—Y ese niño no tiene culpa de nada.
La voz de Teresa se suavizó por primera vez.
—Cumple con él. Protégelo. Sé su padre. Pero no uses a un bebé como excusa para destruir a otros.
Diego miró a Sofía.
—Dile algo. Tú sabes que mi mamá se está dejando llevar.
Sofía no respondió.
Su silencio lo desesperó.
—¡Sofía!
—¿Qué quieres que diga?
—Que esto se salió de control.
Ella miró la lista de regalos.
—Tú empezaste la cena calculando cuánto costaron hasta las sábanas de nuestro matrimonio. Creo que el control se perdió mucho antes.
Teresa abrió una segunda carpeta.
—Y falta una cosa.
Diego cerró los ojos un instante.
—¿Qué más?
—Desde hace semanas estoy revisando los estados de cuenta de la empresa.
Él abrió los ojos.
—¿Por qué?
—Porque el contador me llamó.
La expresión de Diego cambió.
—¿Qué te dijo?
—Que aparecían gastos personales cargados como representación comercial.
Teresa sacó varias copias.
Restaurantes.
Un hotel en Puerto Vallarta.
Una joyería.
Muebles.
Un anticipo para la renta de una casa.
—Renata —murmuró Sofía.
Diego se levantó.
—Son gastos que puedo justificar.
—Entonces los justificarás ante el nuevo administrador y el contador —respondió Teresa—. Peso por peso.
—¿Nuevo administrador?
—Desde mañana el despacho contable supervisará los movimientos extraordinarios hasta terminar la revisión.
—¡Vas a destruir la empresa!
—No quiero destruirla. Quiero impedir que sigas tratándola como una extensión de tu cartera.
Diego pateó ligeramente la pata de una silla.
—¡Yo hice crecer ese negocio!
—Y por eso conservarás lo que legalmente te corresponde. Nadie te está robando.
Teresa señaló la lista.
—Curioso que te moleste tanto esa frase.
Diego se quedó sin respuesta.
Sofía miró a su suegra.
Durante años había visto en Teresa a una mujer tranquila, casi resignada. Ahora comprendía que aquella tranquilidad no era debilidad.
Era memoria.
Había pasado décadas observando.
Aprendiendo.
Esperando quizá el día en que tendría suficiente valor para no repetir su propia historia.
Teresa tomó otra hoja.
—Sobre el departamento: mañana tengo cita con el notario.
Diego volvió a ponerse rígido.
—¿Para qué?
—Para iniciar la donación a Sofía.
Sofía la miró sorprendida.
—Teresa…
—Déjame terminar.
—¡No puedes regalarle mi departamento! —gritó Diego.
—No es tuyo.
—¡Yo lo pagué!
—Y voluntariamente aceptaste escriturarlo a mi nombre.
—¡Porque confiaba en ti!
Teresa lo miró con tristeza.
—Ahora entiendes el problema de pedirle a alguien que firme basándose únicamente en confianza.
Diego permaneció callado.
Sofía tomó aire.
—No quiero que haga esto por enojo.
Teresa giró hacia ella.
—No es enojo.
—Sigue siendo su hijo.
—Y seguirá siéndolo mañana.
Diego soltó una risa amarga.
—No parece.
Teresa lo miró.
—Ser tu madre no significa protegerte de todas las consecuencias. Si te cubro después de verte comportarte así, entonces no te estoy amando. Te estoy ayudando a empeorar.
Aquella frase fue la primera que logró bajar el volumen de Diego.
