PARTE 1
—Aquí está la lista de todo lo que te he comprado en tres años. Me lo devuelves y el viernes quiero el departamento vacío.
Diego dejó dos hojas sobre la mesa de su madre como si estuviera entregando una factura. Eran las ocho de la noche, la hora sagrada de la cena familiar de los miércoles en Guadalajara.
Sofía no tocó los papeles.
Teresa, su suegra, siguió doblando la servilleta con una calma que resultaba casi irritante.
—Mamá, dile que no voy a discutir —añadió Diego mientras buscaba las llaves de su camioneta—. Ya cumplí viniendo a cenar.
—Siéntate —dijo Teresa.
Diego obedeció por reflejo.
Entonces ella abrió su bolso y colocó otro documento encima de aquella ridícula lista.
Diego alcanzó a ver el sello de una notaría.
Su rostro cambió.
Pero esa mañana él todavía se sentía dueño de todo.
Antes de irse a trabajar, se había acomodado la corbata frente al espejo sin mirar a Sofía.
—Hoy cenamos con mi mamá. Ocho en punto. No llegues tarde.
—Conozco el horario, Diego. Llevo tres años viviendo según tu horario.
Él soltó una risa seca y salió.
Minutos después, Sofía encontró la laptop negra que Diego llevaba a todas partes. La había olvidado sobre una silla.
Como debía pasar por la misma zona para recoger la máquina de coser de Teresa en un taller, decidió llevarle la computadora.
El despacho de Diego ocupaba parte de un edificio moderno cerca de avenida Américas. Sofía avanzó por el pasillo y estaba a pocos metros de su oficina cuando la puerta se abrió.
Primero salió Renata.
Sofía ya conocía ese rostro.
Meses atrás había visto su fotografía entre mensajes que Diego olvidó cerrar.
Renata se acomodó la blusa. Tenía el cabello desordenado y una sonrisa que desapareció en cuanto vio a Sofía.
Diego salió detrás, abrochándose el cuello de la camisa.
Nadie habló.
Sofía abrió la mano.
La laptop cayó al piso.
El golpe seco resonó en todo el pasillo.
—¿Estás loca? —gritó Diego, levantándola—. ¡Esta computadora cuesta una fortuna!
—Solo vine a traértela. Aunque veo que estabas bastante ocupado sin ella.
Renata se alejó sin despedirse.
Diego miró a Sofía con más enojo por la laptop que vergüenza por haber sido descubierto.
—Esta noche, en casa de mi madre, vamos a hablar seriamente. Ya me cansé de tus escenas.
Sofía miró la marca de labial que él todavía llevaba cerca del cuello.
—Perfecto —respondió—. Hablemos delante de tu madre.
Diego sonrió con arrogancia.
Todavía no sabía que Teresa llevaba semanas preparando los documentos que aquella noche iban a quitarle esa sonrisa.
