PARTE 1
—Si no sabes respetar a mi madre, lárgate unos días con tus padres y vuelve cuando hayas aprendido tu lugar.
Apenas terminé de decirlo, Mariana dejó de llorar.
No gritó. No me reclamó. Solo me miró como si, en ese instante, acabara de entender quién era yo de verdad.
Vivíamos en Ecatepec, en la casa de mi madre, doña Lourdes, desde que nos casamos dos años atrás. Yo trabajaba como supervisor de obra y Mariana era contadora en una distribuidora de materiales. Los dos ganábamos, pero, en la práctica, mi sueldo nunca llegaba a nuestras manos: cada quincena mi madre me pedía la tarjeta “para administrarla”, y yo, por evitar discusiones, se la entregaba.
—Tu mujer sabe de números —decía—. Justamente por eso es peligrosa.
Mariana llevaba meses soportando comentarios, órdenes y humillaciones. Mi madre revisaba el refrigerador, contaba cuánto gastaba ella en jabón, le reclamaba que aún no estuviera embarazada y repetía frente a las vecinas que “una esposa decente no le esconde dinero a su suegra”.
