PARTE 1
La carta llegó a casa de mi madre un lunes por la tarde.
Claudia me llamó esa misma noche.
—¿Qué hiciste?
No saludó. Sólo gritó.
—Inicié el trámite para que se reconozca lo que corresponde de la herencia de papá.
—¡Mamá está viva!
—Y yo no estoy reclamando lo que es de mamá. Estoy pidiendo que se aclare lo que quedó pendiente desde que murió papá.
—¿Por unas cajas de jitomate vas a destruir a la familia?
Esa frase me dolió porque habían reducido todo a verduras, como si el problema no fueran cuatro meses usando nuestro tiempo, nuestro cuerpo y hasta los fines de semana de mis hijos bajo la idea de que estábamos ayudando a todos.
—No es por los jitomates.
—Estás ardida porque mamá me ayuda más.
—Estoy cansada de que “ayudar a mamá” signifique que yo trabaje, mientras “ayudarte a ti” significa darte lo que nosotros producimos.
Claudia soltó una risa seca.
—Pues hubieras nacido con más problemas. A lo mejor así mamá también te tendría lástima.
Colgó.
Ricardo había escuchado.
Yo todavía no le contaba de la notaría.
Esa noche tuvimos nuestra primera discusión seria en años.
Le expliqué que la propiedad seguía sin regularizarse después de la muerte de mi padre y que la notaria había dicho que primero debía abrirse formalmente la sucesión, revisar los documentos y reconocer a quienes tuvieran derechos.
Ricardo se pasó las manos por la cara.
—Yo también estoy enojado, Mariana. Pero una cosa es no volver a trabajar allá y otra meterte con la casa donde vive tu mamá.
—No la voy a sacar.
—¿Entonces para qué quieres hacer esto?
Lo miré.
—Porque estoy cansada de que en mi familia todo lo mío sea negociable: mi tiempo, mi dinero, mis fines de semana, tu trabajo, las vacaciones de los niños. Todo se puede usar porque “nos va mejor”. Quiero que haya algo que no puedan repartir sin preguntarme.
Ricardo no respondió.
Esa noche durmió pegado a su lado de la cama.
Días después mi madre apareció afuera de la tienda donde yo trabajaba. La vi desde el aparador con su bolsa negra de siempre. Pensé que entraría.
No lo hizo.
Se quedó unos segundos y se fue.
Sentí ganas de correr tras ella.
No corrí.
La siguiente vez que nos vimos fue en la misa por el aniversario de mi padre. Después fuimos al panteón. Ahí estaban Claudia y sus hijos.
Yo ya no pude fingir.
—¿Desde cuándo vendían la cosecha?
Claudia se puso rígida.
—Mamá decide qué hace con su terreno.
—Ese es el problema. Ni siquiera está claro que todo sea exclusivamente suyo.
Mi madre se volteó.
—No hables de papeles frente a la tumba de tu padre.
—Entonces dime por qué nunca arreglaste esos papeles.
Su cara cambió.
Por primera vez vi miedo, no enojo.
—Porque no hacía falta.
—¿Para quién?
Claudia intervino:
—Mamá siempre ha vivido ahí. ¿Querías que te pidiera permiso para sembrar?
—No. Quería que no me hiciera trabajar diciendo que apenas alcanzaba para la casa mientras ustedes vendían desde abril.
Mi madre apretó los labios.
—Claudia tiene necesidades.
—Yo también.
—Tú tienes a Ricardo.
—¿Entonces estar casada me convierte en hija de segunda?
Nadie respondió.
Una semana después Teresa nos invitó a comer. Pensé que quería reconciliarse. Llevé un pastel y fui con Ricardo y los niños.
Durante una hora todo fue extrañamente normal.
Hasta que, al servir café, mi madre dijo:
—Ricardo, el sábado necesito que vengas. Hay que preparar la tierra y revisar una lámina de la bodega.
Me quedé mirándola.
—¿Nos invitaste para pedir trabajo otra vez?
