PARTE 2
Tres días después fui al mercado municipal de Atlixco por carne para la semana. Iba cruzando el pasillo de frutas cuando vi a mi madre detrás de una mesa llena de cajas.
Manzanas. Jitomates. Pepinos. Chiles.
Los mismos que nosotros habíamos sembrado, regado, limpiado y cosechado.
A su lado estaba Claudia, mi hermana menor, pesando mercancía y recibiendo billetes.
Me quedé paralizada detrás de un puesto de flores. Escuché a Claudia decirle a una clienta:
—Llévese dos kilos, señora. Todo es del terreno de mi mamá, recién cortado.
No me acerqué. Me dio vergüenza, aunque la engañada era yo.
Al lunes siguiente busqué a don Ernesto, un vecino de mi madre que tenía camioneta. Le pregunté si alguna vez la ayudaba a llevar producto al mercado.
—Desde abril casi cada semana —respondió como si nada—. A veces viene tu mamá, a veces Claudia. Pagan gasolina y me dan verdura. Les va bien.
Desde abril.
Es decir, mucho antes de que mi madre empezara a decirme que “la cosecha había salido floja”.
Esa noche llamé a Claudia fingiendo que quería regalarle ropa que Sofía ya no usaba. Al final de la conversación, ella soltó sin pensar:
—Ah, y gracias por ayudar tanto en el terreno. Mamá dice que este año sí sacamos buen dinero.
“Sacamos”.
No “sacó”.
No “vendió”.
Sacamos.
Cuando enfrenté a mi madre, ni siquiera intentó negarlo.
—Claudia tiene tres hijos y está sola —me dijo—. Tú tienes marido, trabajo y departamento. No compares.
—Yo también tengo dos hijos. Y trabajé ahí.
—Pues cómprame lo que quieras del mercado. Te hago precio.
Creí que no podía humillarme más que eso.
Me equivoqué.
Esa misma semana, mientras Ricardo dormía, busqué por internet qué pasaba con la casa y el terreno de mi padre, fallecido siete años antes sin dejar testamento. Recordé que, después del funeral, mi madre siempre había dicho que “luego arreglarían los papeles”.
Nunca los arreglaron.
Pedí una cita en una notaría de Puebla sin contarle a nadie.
La notaria revisó las copias viejas de escrituras, el acta de defunción de mi padre y varios recibos. Hizo dos preguntas, volvió a mirar los documentos y finalmente levantó los ojos.
—Señora Mariana, antes de seguir hablando de cosechas, hay algo más importante. Si esto está como parece, su madre no podía tratar toda esa propiedad como si fuera exclusivamente de ella.
Sentí un vacío en el estómago.
La mujer colocó un dedo sobre el nombre de mi padre.
—Usted podría tener derechos hereditarios sobre esa casa y sobre ese terreno desde hace años.
Y cuando me explicó cuál era el siguiente paso, entendí que la próxima vez que mi madre recibiera una carta, ya nada en nuestra familia volvería a ser igual.
