ntht/ Mi hijo me prohibió entrar a su casa porque su prometida le aseguró que yo quería separarlos. Pasé 6 meses intentando advertirle, hasta que una niña de 3 años me encontró llorando y preguntó: “¿Él sabe que usted lo quiere?”.

Teresa dio un paso hacia la puerta, pero Valeria intentó arrebatarle las hojas. Elena reaccionó y se interpuso sin tocarla.

—Déjela pasar.

—No sabes con quién te estás metiendo —murmuró Valeria.

—Tal vez no —respondió Elena—, pero sé reconocer a alguien que tiene miedo de la verdad.

En la sala anunciaron el brindis.

Teresa cerró los ojos.

—No va a escucharme. Llevo seis meses intentando hablar con él. Cree que estoy celosa, que quiero controlar su vida.

Sofía se bajó de los brazos de Elena.

—Yo puedo traerlo.

Antes de que alguien pudiera detenerla, salió al corredor.

Atravesó la fiesta entre vestidos de diseñador y trajes oscuros hasta encontrar a Alejandro rodeado de invitados. Le tomó la mano.

Él miró hacia abajo, confundido.

Sofía lo observó seriamente.

—No se mueva. Sígame.

Valeria, desde el pasillo, dejó caer su copa.

Alejandro siguió a la niña hasta el despacho.

Cuando vio a su madre, se quedó inmóvil.

Teresa le tendió los documentos.

—Lee esto antes de casarte.

Alejandro leyó la primera página. Luego la segunda. En la tercera encontró una transferencia firmada por Valeria la misma noche en que él había perdido una licitación millonaria.

Levantó la mirada.

Valeria estaba detrás de él.

Y justo cuando Alejandro iba a exigir una explicación, su asistente Daniel apareció en la puerta con una memoria USB.

—Señor —dijo—, lo de los correos no es lo peor.

Lo que contenía esa memoria cambiaría a toda la familia para siempre.

PARTE 3

Alejandro tomó la memoria USB sin apartar los ojos de Daniel.

La fiesta seguía al otro lado del muro. Se escuchaba el saxofón contratado para la noche, las risas de los invitados y el tintinear de las copas. Todo sonaba absurdamente normal.

—Habla —ordenó Alejandro.

Daniel respiró hondo.

—Hace tres días encontré una carpeta oculta en el servidor de la oficina. Al principio pensé que era un respaldo, pero estaba conectada con una cuenta externa. Revisé los accesos y descubrí que las filtraciones comenzaron poco después de que usted conociera a la señorita Cárdenas.

Valeria cruzó los brazos.

—No tienes autorización para revisar mis archivos.

—No eran sus archivos —respondió Daniel—. Eran documentos de la empresa.

Alejandro insertó la memoria en la computadora del despacho. Aparecieron decenas de carpetas organizadas por fecha. Había contratos, mapas de terrenos, estudios ambientales, propuestas de compra y grabaciones de llamadas.

Teresa permaneció a un lado, rígida.

Elena abrazó a Sofía, que ya empezaba a cabecear de sueño, sin comprender por qué los adultos hablaban tan fuerte.

Alejandro abrió la primera grabación.

La voz de Valeria llenó la habitación.

—Montiel va a presentar la oferta el lunes. Si ustedes entran con veinte millones más, el consejo se la va a entregar. Después me transfieren lo acordado.

Nadie dijo nada.

Alejandro abrió otra.

—Todavía no sospecha. Su madre sí, pero ya me encargué de que dejara de escucharla. Mientras él crea que Teresa me odia por clasismo, no se acercará a ella.

Teresa cerró los ojos.

Alejandro retrocedió como si alguien lo hubiera golpeado.

—¿Tú provocaste que me alejara de mi madre?

Valeria sostuvo su mirada.

—Tu madre nunca me aceptó.

—Eso no responde la pregunta.

—Hice lo que tenía que hacer para proteger nuestra relación.

Daniel señaló otra carpeta.

—Hay más.

Los archivos mostraban pagos de Grupo Salgado a una empresa fantasma registrada a nombre de una prima de Valeria. También había mensajes con su padre, el senador Rogelio Cárdenas.

En uno de ellos, Valeria escribía: “Cuando nos casemos, tendrá acceso total a los fideicomisos familiares. Alejandro confía en mí. Solo necesitamos que firme antes de que Teresa vuelva a acercarse”.

Alejandro leyó la frase tres veces.