—Hay una señora llorando.
Elena escuchó. Detrás de la música y las risas, se oía un sollozo contenido.
—No es asunto nuestro.
Tomó a Sofía de la mano, pero la pequeña se soltó y golpeó tres veces.
La puerta se abrió.
Una mujer elegante, de cabello plateado y ojos enrojecidos, apareció con varios documentos doblados entre los dedos.
Elena la reconoció por una fotografía que limpiaba cada martes.
Era Teresa Montiel, la madre de Alejandro, a quien él había prohibido entrar al edificio desde hacía meses.
—Perdón, señora —dijo Elena—. Mi hija no quiso molestarla.
Teresa miró a Sofía y después a Elena.
—No me molestó. Me encontró.
Luego levantó los documentos y, con la voz quebrada, añadió:
—Acabo de descubrir que la mujer con la que mi hijo va a casarse lo ha estado traicionando desde el primer día.
En ese mismo instante, del otro lado del corredor, Valeria apareció y vio la puerta abierta.
Su sonrisa desapareció.
Nadie podía imaginar lo que estaba a punto de ocurrir.
