PARTE 1
—Vende la casa de tus padres. Mi hijo necesita ese dinero más que tú un montón de recuerdos viejos.
Cuando Ernesto pronunció esas palabras, sentí que algo se rompía dentro de mí.
Llevábamos casi veinte años casados. Yo sabía que Diego, su hijo de su primer matrimonio, volvía a tener problemas. A sus treinta y ocho años había pasado por tres negocios, varios créditos y una colección interminable de “oportunidades que no podían fallar”. Esta vez su pequeña empresa de reparto de muebles estaba ahogada en deudas. Debía mensualidades de dos camionetas, renta de una bodega y dinero a varios proveedores.
—Si no paga antes de fin de mes, pierde todo —dijo Ernesto—. Podemos ayudarlo.
—¿Podemos?
—La casa de campo podría venderse bien.
Lo miré fijamente.
Aquella propiedad, en las afueras de Atlixco, Puebla, no era “nuestra”. Mis padres habían comprado el terreno cuando yo era niña. Mi papá había levantado la casa poco a poco con sus propias manos. Mi mamá había plantado bugambilias, rosales y dos durazneros que todavía florecían cada primavera.
Cuando ellos murieron, la propiedad quedó legalmente a mi nombre.
—No voy a venderla.
Ernesto dejó caer la mano sobre la mesa.
—Somos una familia, Valeria. Cuando alguien se está ahogando, los demás lo ayudan.
—Ayudar no significa decidir qué parte de mi vida vas a vender para rescatar a un hombre de casi cuarenta años.
Su expresión cambió.
—Hablas como si Diego fuera un extraño.
—No lo es. Por eso ya le hemos prestado para una camioneta, pagamos seis meses de su renta y pusimos dinero en dos de sus negocios. ¿Cuánto más necesita perder antes de aprender?
Ernesto se levantó furioso.
—Tú no entiendes lo que es ver a un hijo hundirse.
Aquella frase dolió más de lo que quiso admitir.
Pero lo peor ocurrió dos días después.
El sábado por la mañana me preparaba para ir a la casa de campo cuando Ernesto apareció vestido para salir.
—Voy contigo.
Durante el camino casi no hablamos.
Al llegar, encontré un automóvil desconocido estacionado frente al portón.
Una mujer con carpeta en mano estaba tomando fotografías de la fachada.
—Buenos días —dijo sonriendo—. ¿Usted es la propietaria? El señor Ernesto me pidió una valuación porque quieren poner la propiedad a la venta.
Giré lentamente hacia mi esposo.
Él bajó la mirada.
Y en ese instante comprendí que no solamente había pensado en vender mi casa.
Ya había empezado a hacerlo sin mi permiso.
No podía imaginar lo que descubriríamos unas horas después.
