ntht/ Mi familia quería declararme incompetente para quedarse con una casa y 14 millones de pesos; mi propio nieto dijo: “Muérete antes de gastar nuestra herencia”. Yo sólo sonreí, vendí la propiedad y dejé una carta sobre su escritorio.

Colgué.

Una hora después recibí un mensaje de una trabajadora social llamada Claudia Méndez. Informó que había recibido una denuncia anónima sobre mi “deterioro cognitivo” y debía realizar una visita de bienestar.

No me sorprendió. Era la jugada que Mauricio había anunciado en la cocina.

Llamé a mi notaria y a la doctora Robles. Ambas ya estaban preparadas.

Esa tarde Claudia llegó acompañada de Verónica, Mauricio y Emiliano. Los tres se instalaron en mi sala como si fueran testigos de un juicio.

—Señora Dolores —dijo Claudia—, su familia afirma que ha tomado decisiones financieras repentinas, que se muestra paranoica y que podría estar siendo influenciada por terceros.

—No hay terceros —respondí—. Hay tres familiares molestos porque ya no reciben 120,000 pesos al mes.

Mauricio intervino.

—¿Lo ve? Está obsesionada con el dinero y las grabaciones.

—No estoy obsesionada. Estoy preparada.

Puse sobre la mesa el dictamen médico, la constancia notarial y la grabadora.

Claudia escuchó en silencio el fragmento donde Mauricio explicaba cómo fabricar antecedentes de incapacidad. Después oyó a Verónica preguntar cuánto faltaba para obtener el control de mis cuentas. Finalmente escuchó a Emiliano repartir una fortuna inexistente.

Cuando terminó, la trabajadora social miró a los tres.

—¿La grabación es auténtica?

—Está fuera de contexto —dijo Mauricio.

—¿En qué contexto sería normal planear que una mujer competente parezca incapaz?

Él no respondió.

Claudia revisó mi rutina, mis cuentas y el informe psiquiátrico. Tras casi una hora, cerró su carpeta.