ntht/ Mi esposo vació nuestros ahorros de 4 años para comprarle una casa a su madre y todavía tuvo el descaro de decirme: “No hagas drama”. Cuando llegué, mi suegra me ordenó cargar agua y limpiar porque “ella era la dueña”.

PARTE 3

No tuvo forma de negarlo.

Tomé el borrador del usufructo y lo puse sobre la mesa.

—Esto no se firma.

Teresa se levantó.

—¡Diego me lo prometió!

—Entonces Diego prometió algo que no debía prometer.

—Soy su madre.

—Y yo soy su esposa. No estamos compitiendo por el mismo puesto.

Se volvió hacia su hijo.

—¿Vas a permitir que me humille?

Diego tardó varios segundos en responder.

—Mamá, Valeria tiene razón.

La cara de Teresa cambió por completo.

—¿Qué dijiste?

—Que tiene razón.

Fue la primera vez desde que llegamos que vi a mi esposo dejar de esconderse detrás del silencio.

Teresa comenzó a llorar.

Dijo que después de todo lo que había hecho por él estaba recibiendo una patada.

Que las esposas iban y venían, pero las madres eran para siempre.

Que yo lo estaba alejando de su familia.

Yo no respondí.

Durante años había descubierto que discutir con Teresa era como intentar apagar fuego con gasolina.

Mi papá rompió el silencio.

—Bueno, ya que nadie va a regalar la casa hoy, Diego, ayúdame a revisar la cisterna.

Mi esposo lo miró incrédulo.

—¿Ahorita?

—Ahorita. Porque pagaron por una casa, no por una ruina.

Media hora después, Diego estaba metido hasta las rodillas entre tierra y herramientas.

Teresa caminaba detrás de ellos indignada.

—¡Yo no pedí que rompieran eso!

Mi padre ni volteó.

—Pues debería agradecerlo. La tubería pierde agua.

Mi mamá, mientras tanto, comenzó a limpiar la cocina.

—Lupita, esos platos son míos —protestó Teresa.

—No los estoy tirando. Sólo estoy haciendo espacio.

—¡No necesito espacio!

—Nosotros sí.

Parecía una comedia si uno olvidaba que mi matrimonio estaba al borde de romperse.

Durante la cena, mi padre presentó su diagnóstico.

La estructura estaba bien.

El techo necesitaba impermeabilización.

La instalación eléctrica requería algunos cambios.

La cisterna podía recuperarse.

Con un tinaco nuevo, una bomba, un calentador y reparaciones básicas, aquella propiedad podía convertirse en una casa bastante cómoda.

—Incluso podrían vivir aquí —dijo—. Si organizan bien los traslados, dejarían de pagar renta.

Diego levantó la cabeza.

Nosotros pagábamos $15,800 pesos mensuales por nuestro departamento.

La idea me sorprendió.

Yo había llegado pensando únicamente en cómo castigar la arrogancia de Teresa.

Pero mi padre tenía razón en algo.

La casa era buena.

El problema nunca había sido la propiedad.

Había sido la forma en que llegó a nuestras vidas.

Teresa golpeó la mesa.

—Yo vine aquí para descansar, no para vivir en una construcción.