PARTE 1
—Ya compré la casa de mi mamá. Usé nuestros ahorros, pero no empieces con dramas.
Diego soltó esas palabras un viernes por la noche mientras dejaba una carpeta sobre la mesa de la cocina.
Yo me quedé inmóvil.
Durante 4 años habíamos vivido en un departamento rentado en Querétaro. No salíamos de vacaciones, comparábamos precios hasta para comprar zapatos y cada quincena depositábamos dinero en una cuenta destinada al enganche de nuestra primera vivienda.
Ahí había $684,000 pesos.
Nuestro sacrificio de 4 años.
Abrí la carpeta.
Era un contrato de compraventa de una casa vieja con casi 900 metros de terreno en una comunidad de Colón, a menos de una hora de la ciudad.
Precio: $648,000.
Comprador: Diego Ramírez.
—¿Sacaste $648,000 sin preguntarme?
—Valeria, también era mi dinero.
—Era nuestro.
Diego suspiró como si la exagerada fuera yo.
—Mi mamá lleva años diciendo que necesita tranquilidad. Tiene la presión alta, le gusta sembrar… Además, en lugar de endeudarnos 20 años por un departamento, ahora tenemos una propiedad.
Entonces dijo algo todavía peor:
—Mamá ya está allá. Se fue esta mañana.
Sentí que me ardía la cara.
Al día siguiente fuimos.
La casa, para mi sorpresa, no estaba mal. Era antigua, de ladrillo, con 2 recámaras grandes, un cuarto adicional y bastante terreno. Necesitaba reparaciones, pero tenía potencial.
Doña Teresa salió al patio con sombrero, mandil y una sonrisa triunfal.
Ni siquiera me preguntó cómo estaba.
—Dieguito, qué bueno que llegaste. Hay que mover unas piedras y luego quiero que arregles el gallinero.
Después me miró.
—Valeria, traje ropa vieja para ti. Cámbiate porque vas a ayudarme con las plantas. También faltan unas cubetas de agua.
Creí haber escuchado mal.
—¿Perdón?
—Pues sí. Aquí todos tenemos que trabajar.
Miré a Diego.
Él bajó la vista y fingió revisar la cajuela.
Entonces pregunté:
—¿Y nosotros dónde vamos a acomodarnos cuando vengamos?
Doña Teresa soltó una risita.
—¿Ustedes? Esta casa la compró mi hijo para mí. Ustedes tienen su departamento.
—La compró con nuestros ahorros.
Su expresión cambió.
—El dinero de un matrimonio también es del marido. Y Diego sabe que una madre es primero.
Sentí el golpe más fuerte cuando agregó:
—Yo soy la señora de esta casa. Si vienes, vienes a ayudar, no a decirme qué hacer.
Esperé que Diego la corrigiera.
No lo hizo.
Simplemente murmuró:
—Vale, no hagamos un pleito el primer día.
En ese instante comprendí que mi problema no era solamente una casa.
Mi esposo había gastado nuestros ahorros a mis espaldas y ahora esperaba que yo aceptara convertirme en invitada de una propiedad que también había pagado.
Sonreí.
—Está bien, Teresa. Ya entendí perfectamente quién manda aquí.
Tomé mi bolsa.
—¿A dónde vas? —preguntó Diego.
—A resolver unas cosas.
Esa misma tarde llamé a mis padres.
Y antes de colgar, mi papá sólo me hizo una pregunta:
—¿Dices que el terreno tiene casi 900 metros?
Cuando le respondí que sí, se quedó callado unos segundos.
Después escuché que gritaba hacia la cocina:
—¡Lupita, saca las cajas de herramientas y las semillas!
Todavía no sabía lo que mi padre estaba planeando.
Y mucho menos podía imaginar lo que encontraríamos escondido entre los documentos de aquella casa.
